Te extraño
cuando te vas. Cuando te quedas. En las mañanas, en las tardes y en las noches.
Con alegría, con tristeza. Con pasión, con odio, con amor. En extremo. Te
extraño cuando no te extraño. Pero más cuando si.
Te extraño
cuando camino. Cuando recuerdo, cuando olvido. En el enojo, en la esperanza.
Despacito, profundamente. Cuando pienso, cuando no lo hago, cuando duermo. Te
sueño y te extraño.
Te extraño
en tu ausencia, cuando no te veo a mi lado. Extraño tu risa, tu enojo, tus
ojos. Tus palabras, tus intentos de palabras. Tus mañas, tus berrinches, tus
juegos.
Te extraño
cuando pienso en dejarte. Más cuando quiero seguir. Menos cuando intento
resignarme. Más cuando te busco en todas partes. Te extraño exageradamente,
desesperadamente, locamente.
Te extraño
cuando estás al lado mío. Cuando no me animo a decirte que te extraño. Cuando
no encuentro las palabras y entonces no hablamos.
Extraño tu
cuerpo, tus manos. Los paseos, las risas, los llantos. El esfuerzo, los
momentos de paz. Te extraño porque no puede ser de otra manera.
Más te
extraño cuando, en la mañana, te vas.