Porque ya no alcanza con observarte

Te observo. Camino tu cuerpo con la mirada y contemplo tus movimientos. Sonreís y la piel se me eriza, siento como se tensa. Sonreís y los ojos se te achinan. Esos ojos que se tiñen de un color distinto según el día. Esa pequeña arruga al lado de tus ojos que se marca más con el paso del tiempo y acompaña esa sonrisa.
Te observo y por mi cabeza pasan muchas cosas. Te quiero mientras te veo. Y ademas de lo que veo, imagino. Te imagino más cerca. Te observo y pienso que quiero hacerte el amor, despacio. Quiero besarte y acariciarte, te observo y me doy cuenta de cuánto te quiero.
Y mientras te observo te hablo. Y noto como miras mis labios, como si lo demás no existiera, y quizás, solo quizás, yo a veces también lo hago. Y noto las vibraciones que surgen desde adentro cuando te digo lo que siento. Como si fuera una canción, como si fuera un grito.
Y me dan unas ganas incontenibles de abrazarte, no me resisto y lo hago. Y a medida que me acerco tu olor se hace más fuerte, más envolvente. Y otra vez descubro que te estoy queriendo en este momento. Y acaricio tu espalda, con cautela, con cuidado. Y mis manos suben hasta donde nacen los primeros mechones de pelo, suave, conocido. Y sobre todo siento tu calor, que me invita a acurrucarme cada vez más cerca.
Me respondes todas las cosas que te dije, con paciencia, con tranquilidad. Hasta que respondo algo que te altera, y me río porque sabía que ibas a reaccionar así. Quizás ya me acostumbré a hacerte enojar, me divierte porque todavía no te diste cuenta que te quiero un poco más cuando estás serio, y eso es porque cuando volves a soreír sos un poco más hermoso que antes de enojarte.
Y escucho con atención esa voz, particular, grave. Aquella voz que ya conozco tanto porque, en el fondo, te gusta hablar tanto como a mi. Y ahora hasta nos pisamos cuando queremos decir algo. Y te escucho decirme cosas lindas, que me dibujan una sonrisa que no puedo disimular. Porque mi cuerpo reacciona a vos, a tu forma de ser, porque se acostumbró a vos.
Y vuelvo a concentrarme en observarte, porque eso es lo que más me gusta. Cuando dormís, cuando te fumas un pucho, cuando te reís a lo lejos con tus amigos. Pero en especial ahora, cuando te tengo de frente y quiero interrumpirte para besarte. Porque ya no me alcanza con observarte.

Andén 1


Una pantalla afirma que en cuarenta minutos pasará el próximo tren con destino a La Plata. Me siento en el piso, pensativa. Luego de escuchar algunas conversaciones ajenas me doy cuenta que falta poco para el día del padre.
Este año tengo un padre al cual puedo llamar y felicitarlo. Pero no lo voy a hacer, no sé porque. No creo que se lo merezca. ¿O sí?
Un niño juega cerca del andén y grita eufóricamente “papá, papá”. Por alguna razón me genera algo extraño en el pecho. Y siento que una lágrima moja mi mejilla.
Nunca me gustó esta fecha. Siempre me sentí sola y sin ganas de nada. El frío nunca ayudó a la causa.
De cualquier manera ya no importa. He decidido seguir adelante, como siempre. Pero no puedo evitar mi rostro empapado, ni mi angustia. Por eso escribo, porque es más fácil plasmar una idea en un papel que decirlo en voz alta.
Un hombre mayor pasa cerca de mí y me mira, luego se acerca a la imagen de la Virgen y en silencio dice unas cuantas palabras. Probablemente, si yo creyera haría lo mismo.
Enciendo un cigarrillo y escucho el sonido del tren que esta llegando. Pero observo mejor y me doy cuenta que solo es mi imaginación. Tengo que volver a poner los pies en la tierra, al tren le faltan unos treinta minutos aún.
Compro un diario y comienzo a leer. Todas malas noticias, todo negativo. Las leyes no se aprueban, un monopolio maneja todo, incluso las grandes cortes. Que ilógico ¿No?
Muertes, accidentes. Parece que el país esta destruido. Decido pedir otro diario, que siga otra línea política. Me pinta un mundo de rosa. No sé qué creer. Pero estoy triste, así que me voy a aferrar a lo positivo.
Es difícil desapegarse de lo que se aprende. Leo esos diarios y no confío en nada, no me fío de sus palabras, ni siquiera de sus fotografías. Es más difícil desapegarse de lo que se vive. Quizás por eso muchas páginas las pasé rápido.
Me prendo otro pucho. Esta vez camino inquieta de un lado a otro. Pienso, observo, escucho. Hay muchas familias a mi alrededor. Y a pesar del ruido me siento sola.
Sola como todos los terceros domingos de junio.

A mi hija, en su primer año


Hijita…
Hoy quiero contarte cuanto te amo,
cuantas noches de llanto y dolor se me han dibujado.
Cuantas esperas, trabajo y cansancio
acumulado, día a día, para estar tranquila a tu lado.

Hoy quiero que sepas cuanta falta me hacen 
tus pequeñas sonrisas y tus fingidos y atribulados llantos,
que solo culminan con juguetes y caricias
y que necesito tanto.

Hijita…
Cuanto daría porque me entendieras.
Los grandes, a veces, hacemos cosas 
que ni siquiera haciéndolas podemos entenderlas,
y es por eso que luego nos destrozan.

Cuanta dicha hay al compartir a tu lado.
Tardes de sol, juegos, días de verano;
junto al mar, caracoles, galletas y un montón de helados.
Abrazos, sonrisas, te quiero tanto.

Hijita…
Mamá es quien te esta hablando.
Te amo tanto y siempre te llevo a mi lado,
en viejas y en nuevas fotografías
que en mi corazón guardo
y que noche tras noche miro y en silencio les hablo.

Mamá es quien algún día va a poder
darte lo mejor para que sigas andando.
Porque nunca va a dejarte de querer
y porque siempre va a estar a tu lado. 

- De María Laura Soliani a su primer hija, María Jimena Soliani. Gracias madre por darme lo mejor siempre. Te amo más de lo que demuestro y te debo la vida. Madre, padre y por sobre todo, mejor amiga. Siempre juntas.

Buen día

Son las siete de la mañana, apago mi despertador como puedo y cierro los ojos. De repente me acuerdo que pasamos la noche juntos y giro al costado. Lo miro, sigue durmiendo. ¿Qué estará soñando?
Le doy un beso en la frente y comienzo a despertarlo. Le cuesta abrir los ojos. Me mira y con un pequeño movimiento me besa. Que extraño me parece, pero que conocido a la vez. Me acurruco a su lado de nuevo, dejando que sus manos rodeen mi cintura y me apretujen arrastrándome hacia él. Que bien se siente.
¿Será así como comienza todo, con una sonrisa y un beso en la mañana? ¿Será el momento adecuado para abrir las puertas y decir “bienvenido a mi vida”? ¿Será que esta vez es real?
Siento su calor. Un beso en el cuello me estremece. Le cuesta despertarse y decide acercarme más a él. No me puedo escapar, no quiero. Me distiendo y caigo en un sueño profundo.
La alarma vuelve a sonar. Miro la hora y sé que sólo pasaron diez minutos, aunque fueron eternos. Lo vuelvo a mirar. Y de pronto me da miedo. Miedo a tenerlo, miedo a perderlo.
Es difícil dejarlo entrar a mi mundo. Tengo miedo a que me vuelvan a lastimar. Nada es fácil como dicen; al menos acá, al menos conmigo, nada es fácil.
Me suelta un poco y me da otro beso. “Buen día hermosa” dice entre bostezos mientras se incorpora. Siento como se aleja la calidez de su piel y un escalofrío me recorre el cuerpo. Lo abrazo, le pido que nos quedemos en la cama un rato más.
Enrosco mis pies en los suyos, busco su sexo y acerco mi cuerpo a él. Lo siento mío. Por un momento no importa nada más que sus manos, su espalda, sus labios.
Mi cama se encuentra invadida por su perfume. No puedo dejar de apreciarlo.
Siento su cuerpo sobre mí. Me percato de la situación, me creo suya, lo creo mío. ¿Será así? ¿Acaso el nos creerá nuestros?
Me doy cuenta que lo quiero, no se lo digo. No lo conozco pero lo quiero. Y creo que en el fondo él siente lo mismo, y seguro también tiene miedo.
Pero ninguno de los dos dice nada. Agotados dejamos que nuestros cuerpos vuelvan a caer sobre la cama y nos miramos. No hablamos, pero ambos sabemos lo que estamos diciendo.
Me acaricia. Empieza acomodando mi pelo y sigue recorriendo el contorno de mi figura. Sus dedos saben como caminarme. Me gusta.
Comienzo a tocarle el pelo, siempre recurro a eso. Me sonríe con una sonrisa mañanera. Me siento en casa, me siento a gusto.
Otra vez nos acercamos, pero esta vez por mi propia iniciativa. Nuestros cuerpos desnudos se contemplan, se completan. Me acurruco nuevamente. Vuelvo a ese mundo que me inventa, a la seguridad. Porque con él me siento segura.

A quien corresponda

Seguramente debes estar cansado de escucharme, no siempre digo cosas lógicas. Seguro que estas letras ya las conoces, por eso no voy a dedicártelo exclusivamente a vos. Voy a dedicárselo a quien corresponda.
Al pensar en vos pasan mil cosas por mi mente. No sé si correr a buscarte o dejar todo como está. Pero como le tengo miedo al rechazo, es decir, a tu rechazo, me quedo en mi lugar. Y vos no te enteras que esto me está pasando.
Sí, pude seguir con mi vida. Y dudo que te necesite. Pero te extraño.
Ya no soy aquella que conociste una vez, creo que dejo de existir ya que mi vida no es como aquella que te conté alguna vez. Porque caí en un pozo y volví a salir, y esa salida fue diferente.
A quien corresponda (aunque estoy segura que sabes que es para vos) le pido que si lee esto e influye en un manera de ver las cosas me lo haga saber. No sea como yo, que deje pasar muchas oportunidades.

Embarriados hasta el alma

Voy empezar diciendo que soy militante. Sé que es un comienzo fuerte pero tengo ganas de quitar el tabú que esconde la palabra. En principio quiero que entiendan a qué me refiero con esto y luego veré como sigo.
Ser militante y mejor aún, ser militante de este proyecto, es dejar el cuerpo y el alma en todo lo que nos proponemos. A mi entender, es seguir con convicciones, con lo bueno y lo malo que eso implica, la lucha que nos compete. Esa lucha por la equidad, por la inclusión social.
Es dejar de pensar en uno mismo y pensar en el otro; bien dicho sea de paso, pensar que la patria es el otro. Y nosotros, cuando de patria hablamos, es de esa utopía soñada, por la que estamos militando este proyecto.
Somos conscientes de que todavía faltan grandes cambios, de que aún no pudimos concretar lo que soñamos, y es por eso que seguimos militando con verdadera pasión.
Hemos atravesado grandes obstáculos, pero los hemos afrontado lo mejor que pudimos, con llantos y alegrías, enojos y fracasos, pero firmes en nuestras creencias.
Durante el último mes nos tuvimos que enfrentar a algo que no estábamos preparados, algo que nos tomó por sorpresa, como a toda la ciudad. Nos tocó, como militantes dejar el simple o complejo rol de comunicadores para ser lo que el pueblo necesitó. Fuimos desde parte de un pasamanos hasta psicólogos o amigos, que creo que fue eso lo que más nos afectó.
Esta situación repercutió en nosotros a nivel personal y a nivel grupal. Probablemente si tuviéramos que elegir no haberlo vivido lo haríamos, pero pasó y sacamos provecho de ello. Y cuando digo esto me refiero a que nos sirvió para crecer, para terminar de entender nuestro papel en el barrio, que ya no pasa por ayudarlo sino por entenderlo.
Aquel vecino, padre de fulanito, hoy tiene un nombre, una historia para contar y un vínculo fuerte con nosotros. Ya no es sólo el vecino de la esquina con el que hablamos alguna vez, hoy es alguien a quien ayudamos y con quien articulamos para sacar el barrio adelante.
Hoy ellos saben que nosotros, con nuestra remera verde que nos identifica, somos el JEI y quienes vamos a acompañarlos en el largo camino de transformación.

- Nota publicada en la revista del JEI (Jóvenes en Interacción)

Tanto quiero

Quiero conocer a alguien que tenga ganas de esta noche dormir en el techo aunque haga frío, que la única solución a esa idea sea agarrar algunas frazadas y un par de guantes. Quiero que convierta los domingos en el día más esperado de la semana. Que le guste pasear sin importar la hora o el lugar. Que quiera viajar sin destino seguro, con paradas en todas partes y en ningún lado.
Quiero que quiera la vida, que un aroma lo enamore y un silencio lo comprenda. Quiero que le guste tomar mates a las cinco de la mañana. Quiero que se despierte cada mañana pensando nuevas cosas para disfrutar el día. Quiero que su imaginación vuele en todos los ámbitos de la vida. No quiero al aburrido, quiero al apasionado. Quiero al militante, al que se esmera por lo que quiere. 
Quiero al que mete ficha en todo lo que hace. Quiero alguien que le guste leerme en voz alta y le guste escucharme leer. Quiero que se enamore de mis dibujos, aún cuando estos sean horribles. Quiero que me pelee cuando crea tener razón, aún cuando no la tenga. Pero sobre todo quiero que haya una tierna reconciliación. Quiero alguien que quiera aprender siempre, que no se canse de estudiar y conocer. 
Quiero alguien que me lleve a hacer locuras. Que mañana me despierte y me diga "nos vamos al Sur por tres días", sabiendo que dos días son de viaje. Quiero alguien con quien poder armar una guerra de cosquillas hasta la rendición. Quiero un niño y un adulto, porque no podría elegir solo uno. Quiero que le guste jugar a las escondidas y al veo veo, aunque no vea nada. Quiero que le guste la música, o mejor aún, que haga música. Quiero que cante en la ducha, aunque no afine ni dos notas. Quiero que se ría, aún en los peores días, y que su sonrisa sea hermosa. 
Si andas por ahí me gustaría conocerte.

Sin olvido

Sin miedo les comento
sobre ese joven argentino,
quien tiene en su destino
la militancia popular,
y en todo su cantar
va expresando su camino.

En cada paso que da
tiene ideales y convicciones.
Vive de sus pasiones
como algún tiempo atrás,
en un pasado fugaz,
sin olvidar sus ilusiones.

Piensa cambiar el mundo,
busca la inclusión social,
sin dejar lo esencial,
con ganas de militar;
con el objetivo de integrar
al proyecto Nacional.

La militancia política
va llenando los barrios
que de tan precarios
no los quieren escuchar.
Pero yo les voy a contar
de los pueblos solidarios.

Aquel vecino olvidado
hoy se convierte en amigo.
Yo solo te digo
que la historia va a cambiar
con la olla popular
y un compañero escondido.

No me interesa ser extenso,
pero de esto no me olvido:
lo que alguna vez fue prohibido
hoy invade la ciudad,
que con toda su humildad
no abandona al mendigo.


Eso es vida

Te propongo que me des la mano y escapemos de la locura que nos envuelve en este infierno. Agarremos nuestras pertenencias, pero solo lo necesario. Viajemos ligero, dejemos el pasado. Dame la mano, no te suelto, no me sueltes. Dame la mano, sonríe, foto. Retratemos el momento. Sonríe y quítale una sonrisa a aquella mujer, parece sola, parece triste. Mostremosle el mundo, es más hermoso de lo que parece. Retratemos este aire. Recordemos este sueño. Mira para arriba, las gotas caen y rozan tu cuerpo ¿Lo sientes? Eso es vida. Mira los colores ¿Ves el verde? ¿Y el azul  Si prestas atención se ven miles de arco iris  Ese es el mundo. No el que dejamos atrás. La vida no pasa dentro de un cuadrado, pasa acá, en el exterior. Detengamos el momento, gira conmigo, observa todo. Presta atención ¿Es lindo no? Cierra los ojos. Oye. Acuéstate conmigo, en la tierra, desnudemos nuestros cuerpos, también nuestra alma y nuestra mente. Olvídate de lo que dejaste, disfruta el momento. Caminemos descalzos ¿Sientes la tierra entre tus dedos? Agarra mi mano ¿Sientes mi calor? Caminemos ¿Sientes el olor a libertad?

Ante la crisis sos o no sos.


Ante la crisis sos o no sos. Sos todo o no sos nada. Sos el que mira, sos el que sufre, sos el que ayuda o sos el que niega. Pero sos. Y a mi me toco ser un poco de lo que soy y un poco de lo que no. Fui periodista, psicóloga, cocinera, organizadora, despachante, relevadora o simplemente una ciudadana con conciencia social y ganas de ayudar.
La casa de la familia Perez fue la última casa que relevamos ayer. Una vecina nos avisó que estaban necesitando muchas cosas así que decidimos acercarnos lo antes posible.
La vereda frontal es un terreno baldío. Entre la calle y esa cuadra pasa un pequeño arroyo, que tengo mis dudas de dónde proviene. Un niño está jugando dentro. A su alrededor hay basura esparcida, mosquitos que no dejan respirar y un aire viciado (una mezcla entre el humo con olor a plástico quemado y el basural que se formó luego de la inundación). Desde dentro de la casa llaman al niño, que mira de reojo y sale corriendo.
Nos acercamos y una pequeña niña nos pregunta algo, no presto mucha atención a ella. Estoy impactada con lo que veo. Cuatro niños jugando, todos manchados, rodeados de papeles sucios y porquería. Mi compañera le responde y la nena entra gritando a la casa.
Allí aparece Marilin, le cuesta caminar. Hoy le dieron el alta del hospital: tuvo un accidente en moto con la hermana gemela y como estaba embarazada le tuvieron que practicar una cesárea de urgencia. Nos invita a pasar y se disculpa por no poder ofrecernos una mesa en la que podamos apoyar nuestras cosas.
Mientras nos acomodamos para tomarle los datos y charlar un poco con esta vecina del barrio San Carlos, sigo observando todo. La casa esta completamente sucia, todavía tiene marcas de humedad y las puertas son simples cortinas. Constanza, a quién cariñosamente llamamos Tan, se encarga anotar a todos los miembros de la casa. Entretanto yo charlo con su hermana mientras miramos pasión de sábado en la televisión que pudieron salvar.
Me siento cómoda y le pregunto algunas cuestiones sobre el temporal, sobre su familia y sobre ella. Le cuento algunas cosas sobre mí para que ella gane la misma confianza. Tan le pregunta a Marilin sobre su hermano. En ese momento se corre una cortina y un joven de 22 años grita que no le de sus datos, no quiere saber nada.
De camino al comedor Virgen de Luján, que ofició de unidad básica estos días, Tan me mira y me dice “me asusté”. Me río y le digo que yo también un poco, pero luego seguimos caminando por esas calles que ya son tan nuestras. Una vecina nos sonríe mientras pasamos cerca de su casa, otra nos saluda desde lejos. Dos jovencitas nos gritan para que les prestemos atención.
Preparamos el pedido para la familia que consta de nueve personas. Un colchón, dos bolsas de mercadería, dos bidones de agua, ropa de bebé y pañales de todos los tamaños. Bel se ofrece a acompañarnos. Me cargo una bolsa de consorcio al hombro, Bel agarra los bidones y Tan se encarga del colchón y algo de ropa. Y vamos de inmediato a esa casa, que me causa un poco de tristeza.
Luego de la entrega nos marchamos, un poco satisfechas, no sé por qué, no es mucho lo que hicimos (¿o sí? No lo sé). Pero antes de llegar a la esquina escuchamos un grito. Volvemos. El hermano nos está llamando, el mismo que antes no quiso que le tomemos los datos. Se encuentra sentado con su mujer, quién le lleva 21 años, y su bebé de apenas 3 meses.
Nos pide un favor. Que llamemos a su madre, quién se encuentra trabajando. No entendemos. Nos explica que sus hermanas la llamaron para decirle que él nos echó y que por su culpa no les íbamos a dar nada. Se nota el miedo en su cara, de ser así lo echan de la casa y no tiene dónde ir. Nos invade una sensación extraña y aceptamos hacerle el favor. Mientras su mujer escupe que lo único que falta es que los echen por algo así. Mucha tensión. Nos vamos.
De camino me quedo pensando, cada casa es un mundo. Decido llamar yo a la madre.
Me atiende una señora mayor, o eso parece por su tono de voz, pregunto por Rene. Le parece extraño que Jimena la esté llamando, no conoce ninguna Jimena.
Me presento: “Mi nombre es Jimena Soliani, soy voluntaria en una agrupación que se llama Jóvenes en Interacción, hace un rato les tomamos los datos a tus hijas y les entregamos algo de mercadería. En realidad no te llamo para contarte eso, te llamo porque me lo pidió tu hijo”. Se hace un silencio.
Sigo hablando. “Él me explicó que las hermanas te habían llamado y me pidió que te llamara para decirte que sí habíamos vuelto. Yo no quiero meterme en sus asuntos familiares (me disculpo de ante mano porque no sé como puede tomar mi llamado), sólo le estoy haciendo un favor a su hijo”. Silencio otra vez, no sé si se cortó la llamada o si está enojada o qué.
Me agradece todo lo que estamos haciendo, se larga a llorar y me explica que esta preocupada por sus hijos. Paso de ser la persona que les donó algo a su psicóloga personal. Entiendo que esta agobiada y la escucho con paciencia. Todos necesitamos que nos escuchen. Hablamos un rato, que sirvió para que se pudiera descargar un poco.
Me contó desde su trabajo hasta sus ambiciones. Me agradeció. Me comentó su postura política y que los únicos que la habían ayudado hasta ahora habían sido de La Cámpora. Me contó su rabia hacia la señora de su hijo. “Ella se cree muy importante porque es la hija de un comisario, tiene 50 años y lo único que hace es dominar a mi hijo”.
Le digo que la entiendo, aunque dudo entenderla. Me imagino lo que puede sentir. Se larga a llorar nuevamente y me pide que nos conozcamos y hablemos, que ella necesita ayuda porque está sola.
Le prometo volver el lunes y hablar. Ahora soy una amiga con la que puede charlar.

Momento de reflexión.


Es extraño bajar diez cambios y observar. Creo que mucha gente no está tomando conciencia de todo lo que esta haciendo, de la situación que nos rodea. Miro con atención a mí alrededor, a las redes sociales, a los barrios. Dos palabras se me vienen a la mente: Crisis y solidaridad. Y van de la mano, bien acompañadas.
Me voy a centrar en lo que yo viví, y estoy segura que más de uno se va a sentir identificado en cada situación.

‘Que linda y que triste que esta mi Argentina’

Miércoles 3 de abril, un día después del temporal, cerca de las seis de la tarde decido ir a visitar a mi tía. En casa no hay luz ni agua desde ayer, por suerte son pocas las goteras y lo único que pierdo es el teclado de la computadora. Estoy sin batería en el celular. Las 20 cuadras que camino son tranquilas, no hay ningún indicio de lo sucedido la noche anterior.
Prendo el noticiero: 48 muertos, 400 desaparecidos, 2.000 evacuados. ¿Qué pasó? Me siento desconectada del mundo, no puedo creer lo que esta pasando. Desde mi cama calentita no parecía tan grave la tormenta. Me quedo sorprendida un rato, pensando. ¿Cómo seguimos?
Decido pasar a saludar a un gran amigo que no veía hace tiempo, por suerte vive cerca. Hablamos un poco de política, un poco de la vida, nos quejamos también. Y a las doce de la noche lo llaman por teléfono. En la facultad de periodismo y comunicación social hay cerca de 50 evacuados y ya se están recibiendo donaciones desde distintos puntos del país. Necesitan ayuda para descargar camiones. Vamos.
Me acerco al aula de audio, hay mucha gente acomodando ropa en distintas pilas, me ofrezco a ayudar. A las dos de la mañana, otro camión llega. Más bolsas para acomodar. Más trabajo. Son tres y media de la mañana. Me encuentro en un círculo de pupitres, tomando mates con varios compañeros. ¿Quién iba a pensar que mi noche iba a terminar así?
Hora de dormir, mañana a las ocho nos encontramos de nuevo en la facultad.

Jueves 4 de abril. Solo dormí tres horas pero tengo energías de sobra. Me acerco a la facultad y pregunto si necesitan una mano. Me pongo a seleccionar ropa.
A la dos de la tarde no quiero ver más tela, salgo a respirar y a comer algo. Me doy cuenta la cantidad de gente que apareció de repente. Veo dos pasamanos simultáneos. Escucho a lo lejos una canción, que no logró entender el por qué pero moviliza y revitaliza a todos. ‘Vengo bancando este proyecto, proyecto Nacional y Popular, te juro que en los malos momentos, los pibes siempre vamos a estar’.
Se me infla el pecho de orgullo, sin saber que esto apenas empieza y no es ni una cuarta parte de todo lo que voy a vivir durante las próximas dos semanas.
Me llaman mis compañeros Jeianos, vamos a ir al barrio San Carlos, vamos a tratar de ayudar. Pero algo, muy en el fondo, me dice que tengo que estar en la facultad. Entonces decido ir al barrio un rato para luego volver.
El barrio esta triste, se nota en las caras de los vecinos. Se refleja en la cara de Lucre, de Nico, de Angelita que llega a último momento. La gente esta desesperada, necesita ayuda inmediata, no podemos pensar más. Vamos casa por casa preguntando que necesitan, ofrecemos una mano, les pedimos que divulguen la noticia: Mañana el comedor Virgen de Luján va a estar repartiendo donaciones para todos los afectados. Los prevenimos, les comentamos las medidas sanitarias, les pedimos ayuda.
Luego de decidir con mis compañeros cómo seguir, nos ponemos en marcha. Cada quién a su casa, menos Seba y yo. Nos dirigimos a la facu.
Empieza el papeleo para conseguir un poco de ayuda para el barrio. Continúan los llamados de solidaridad por las redes sociales. Ofrezco una mano en la sección comida y pronto estoy pelando papas con un cuchillo desafilado.
Converso con gente de distintos lados, hay un compañero de La Cámpora, otro de la JP, una chica de Capital, entre otros. Pasamos unas horas dentro de la cocina, es decir, del aula continua a intendencia dónde han colocado un mechero con una garrafa y una gran olla. Muchos paquetes de arroz rodean el espacio. Sale olla popular.
Me divierto planeando cómo vamos a entregar la comida. Decido sentarme y un compañero se me acerca. Me abraza, me hace unos mimos y me doy cuenta la falta que me hace el cariño. Una simple caricia cambia el panorama completamente. Me empiezo a dar cuenta de lo que estoy viviendo. Cada vez más arrinconada porque no queda más espacio para las donaciones. Rodeada de tanta gente inmersa en mil preocupaciones, que duerme poco y come mal, igual que yo, pero aceleradas. Yo bajo un cambio y los músculos empiezan a aflojar. Resisto. Sigo planeando cómo repartir la comida.
Con órdenes de arriba (si se quiere) servimos la comida a las doce. De repente llega otra orden contradictoria y debemos cortar el laburo. Hay gente enojada, cansada, que durmió tres horas y con hambre. Decidimos seguir dando la comida a pesar de todo. Son humanos, no podemos negarles comida. Nos vuelven a retar, otra vez la misma situación. Media hora después, seguimos repartiendo la comida.
Dos y media de la mañana, sigo dando vueltas en la facultad. No estoy cansada, pero mañana será un día duro.

Viernes 5 de abril. Llegamos temprano al barrio. Voy caminando atrás, un poco alejada mientras todos hablan de la vida. Miro hacia el costado, y ahí está el arroyo el Gato que pasa por debajo del puente que estoy atravesando y que corre libre por varias cuadras. Siempre lo vi sucio, pero esta vez me apenó mucho más. Esta vez la mugre llegó hasta la punta de los árboles (literal). Veo varios de ellos decorados con bolsas manchadas o papeles rotos.
Siento que el aire que respiro no es puro, nunca lo fue, ahora menos. Y los yuyos parecen arrasados, todos inclinados hacia un mismo costado.
La gente nos ve llegar, cierta chispa de esperanza se refleja en algunos rostros. Veo a los niños a lo lejos, los conozco tanto, los quiero tanto. Siento pena en el alma, pero no lo demuestro. Hay que ser fuerte. Me siento feliz, estoy ayudando como puedo.
Son cerca de las cuatro de la tarde, algunos de los chicos se habían ido a pedir donaciones, no damos abasto con lo que tenemos.
De pronto veo aproximadamente diez camiones y autos dirigiéndose hacia nosotros (aunque no estoy segura si eran tantos, la euforia no me deja recordar). No lo puedo creer. Se me dibuja una sonrisa inmensa en la cara. Los chicos de La Plata Rugby nos dan una donación inmensa. Les agradezco como puedo, todos lo hacemos. Estamos emocionados, quiero llorar de felicidad. Pienso en todos los vecinos que van a poder comer y abrigarse esta noche.
La gente pasa de a dos o tres al comedor, les damos una muda de ropa (abrigos en especial), un poco de alimento, lavandina y agua. Agradecen (la mayoría) y se van.
Por allá se acerca un viejito que hace dos noches duerme en el piso, se queda hablando con los chicos. Luego llega el rumor de una conversación.
- En la inundación perdí todo – asegura con tristeza el viejito
- Que viejo mentiroso que sos, si no tenías nada – dice entre risas Lucre
Todos se ríen. Todos nos reímos. Creo que se aprende a valorar todo un poco más desde esta perspectiva.
De repente un momento desesperante, un niño de diez años (imagino), nos cuenta que perdió a sus padres en la inundación y que esta solo con su hermanito menor. Una compañera lo sienta sobre la mesa y comienza a preguntarle cosas. Otro compañero toma la decisión de ir hasta la casa del niño a buscar a su hermanito, quién estaba solo y hasta llegó a cruzarse por su mente llevarse a los niños a vivir con él. Preocupación, nervios, desesperación. Son menores los dos.
Pasa un rato, vuelve mi compañera, le pregunto que pasó y comienza a reír. ‘Era un chiste’. Me enojo, quiero retar al nene, quiero decirle que lo que hizo está mal. Mi compañera me tranquiliza y se pone seria por un instante. ‘Por suerte era un chiste, si hubiera sido verdad estaríamos en algo muy complejo, habría que llamar al juzgado de menores, entre otras cosas’. Reflexiono, que real. Que angustia, enojo e impotencia. Podría haber sido verdad, que suerte que no lo fue.
Ya es tarde y todos estamos cansados. Voy hasta la facu a ver cómo sigue todo, ya hay cerca de 1.000 compañeros laburando. Las canciones siguen: ‘Cuando bajaste los cuadros, todo empezó a cambiar’. Me acerco tarareando la canción al espacio del centro de estudiantes.
Están en un plenario, me invitan a pasar. Se les nota en los ojos el cansancio y la impotencia. Algunos se largan a llorar, me agarra angustia. Las palabras de aliento y de enojo se disparan para todos lados. Si antes me gustaban como equipo, ahora perdí las palabras para decir lo que pienso de ellos.
Comienzan a hablar del trabajo de barrio que iban a hacer el día siguiente. Algo me hizo clic en la cabeza. Todo aquello que nombran o describen, todo eso que van a hacer al día siguiente, es un proceso que yo ya había vivido. Y que alguien lo relate, tal cual te pasó a vos, te hace pensar. Y mi mente empezó a funcionar más rápido de lo que debería.
Llego a casa, cansada y con hambre. Mi madre me espera con un plato de comida. Me cuesta tragar, ella lo nota y me pregunta si estoy bien.
Le digo que si, muy a mi pesar, y me largo a llorar. La situación me supera, me desborda completamente. Siento una carga en la garganta, otra en el pecho y otra, como si fuera una puntada, en la cabeza. Me puse en la espalda una mochila difícil de cargar y soy más frágil de lo que pensaba.
El cansancio mental supera al físico.
Lloro hasta no poder más, le cuento mis últimos días a ella, que siempre me escucha y llora conmigo. Le cuento mis angustias. Me duele no poder hacer más, pero a la vez no hay mucho más que yo pueda hacer.
Me hace unos mimos, vuelvo a darme cuenta lo difícil que es luchar sin alguien que te mime al lado. Esos mimos dan ánimos para seguir.
Lloro hasta quedarme dormida.

Sábado 6 de abril. Estoy susceptible, cansada, sin ganas de hacer mucho. Sin embargo me levanto para seguir ayudando a quienes lo necesitan. Un mensaje me molesta, ya empecé mal el día.
Todos notan mi cansancio, mi enojo, mi tristeza. Trato de evitar el tema y arrancar para el barrio. Me preguntan si estoy bien, mi respuesta es siempre la misma: ‘Estoy desbordada, me superó la situación, estoy feliz y triste al mismo tiempo’. Todos entienden.
No puedo hablar con la gente del barrio, siento algo extraño en el pecho, como si me estuvieran apretando fuerte para no dejarme hablar.
Salgo a fumar un pucho y termino llorando.
Al rato tengo buena compañía, me abraza y me pregunta qué me pasa. Le explico como puedo y lo entiende. Me da aliento. ‘Todo lo que haces es increíble, a mi me gustaría poder ayudar más’. Me hace sentir mejor.
Vemos caer unas primeras gotas, le digo que hace mucho no siento nada, le explico mi teoría de que hace falta más cariño entre todos. Me abraza y me lleva debajo de la lluvia. Siento las gotas resbalar por mis mejillas y lloro y me río a la vez. Lo miro y le digo lo bien que me hace sentir el agua. Lo mismo que causó el desastre, hoy me recuerda que estoy viva.
Me tranquilizo y entro nuevamente al comedor.
Luego de contarle a otro compañero mi situación, me siento a tomar unos mates con Angelita. Estoy débil, me cuesta mantenerme parada. Es increíble pero la mente es más fuerte que uno mismo.
Se acerca una vecina y nos regala una pasta de dientes de bolsillo. Me emociono y me pongo a llorar otra vez. Parece una tontería, pero perdieron todo y nos agradecen de esa manera, me conmovió.
Otra vecina, luego de juntar algo de ropa para sus hijos, se pone a hablar con Angelita (la luz del comedor, el ángel que nos acompaña en cada paso) y su voz se empieza a quebrar, perdió todo, las lágrimas en sus ojos se rebalsan. Las mías acompañan. Trato de calmarme, no puedo.
En otra conversación comentan del niño que se le cayó de los brazos a la madre y murió ahogado. No puedo con esto. Pido perdón y me tomo el colectivo a la casa de mi mejor amiga.
Lloro sin parar toda la tarde. Logro hacer llorar a mi querida amiga. Entiende mi llanto. Que no es únicamente de tristeza, si no que encierra muchos otros sentimientos. Es la impotencia, la bronca, la felicidad, la emoción, el orgullo y probablemente muchas más cosas, que no se pueden describir.
Por suerte la noche llega a su fin. Mañana es otro día.

Es domingo 7 de abril, estoy renovada para seguir. Incentivo a todos para terminar lo que empezaron dos locos hace ya algunos años. Este proyecto hermoso, con esta gente linda, que día a día buscan mejorar el mundo. Esta manga de soñadores (que si no lo fuéramos no estaríamos acá hoy).
Un día tranquilo dentro de todo. Estamos cansados todos, parece como si hubiera pasado un mes. Ya perdemos la noción de los días y apostamos si es domingo o sábado.
No parece que fuera un día fuera de lo normal (cuando lo normal es dormir poco y no parar de laburar).
Algunos de los chicos fueron a buscar donaciones. Necesitamos provisiones, nunca alcanzan. Suena el teléfono.
‘Rami consiguió 150 colchones, se los pidió a la presidente’. Nos miramos, nos reímos, pensamos lo ridículo que suena eso y no lo creemos.
‘Es en serio, están viniendo dos camiones llenos’, pensamos que es chiste. Pero llega Rami y cuenta la historia, breve historia (que probablemente en este relato la modifiqué porque uno recuerda lo que es capaz de asimilar).
Resulta que fue a pedir donaciones a Cáritas y de esas causalidades de la vida (porque las casualidades no existen) se cruzó a Cristina. No sé cómo hizo para reaccionar como lo hizo, pero lo hizo al fin y al cabo. Le dijo flaca necesitamos colchones (dudosamente le haya dicho flaca, sólo que suelo contar las historias así) y ella, simplemente le respondió con quién tenía que hablar. De repente tiene un número de teléfono en su mano, un celular en la otra y un pedido en marcha.
De repente, vuelve al comedor, y allí estamos, ansiosos, a la espera de 150 colchones. Para 150 personas (probablemente no sea nada, o sea todo).
150 personas durmieron en su propio colchón esta noche. Esta noche logré dormir en paz (o algo así).

No quiero contar los días siguientes, fueron lindos y tristes, de mucho más laburo. Básicamente decidimos organizarnos mejor, hicimos relevamientos y, en base a nuestra opinión, distribuimos lo que teníamos a quienes más lo necesitaban. Cada noche soñé con inundaciones, con canciones, con planes de acción, ni en sueños descansaba realmente (y seguro a muchos le pasó). Voy a hacer hincapié en sólo un día más (y elegí éste como el último porque logré presenciarlo y lo disfruté).

Es domingo 14 de abril. Pasó una semana más, eterna semana.
Decidimos, con mis compañeros, tomarnos el día libre. Cuesta despegarse del barrio, pero también cuesta seguir.
Me encuentro en el bosque, con un amigo y compañero (que lindas suenan esas palabras), tomando unos mates. Hablando de política (como siempre suelo hacer). Me avisan sobre un acto que se realiza en la facultad, en mi querida facultad.
Decidimos acercarnos a averiguar por qué.
Como sospechábamos, es el acto de cierre de la jornada de voluntarios que vinieron de muchas ciudades diferentes. Increíble, siempre veo que el peronismo reúne mucha gente.
Nos quedamos a un costado, escuchando el discurso que alguien, que no distingo porque estoy bastante lejos, esta leyendo.
Agradecimientos a todas las provincias, gritos de fervor. Agradecimiento a los militares que tanto ayudaron en esta jornada. Silencio. Y un cantito se escucha por el fondo: “Borom bom bom, los militares son de Perón”. Me quedo helada por un momento. Busco la mirada de mi compañero ¿Habré escuchado bien?
Él me mira y comprendo que así fue. Más voces se suman. Sorpresa.
Siguen los agradecimientos y luego, un minuto de silencio para aquellos que perdieron la vida (que aún tenemos dudas del verdadero número).
Muchas manos se alzan formando con los dedos una V. Viva, viva la solidaridad, viva la unión del pueblo por una causa mayor, vivan siempre en nuestra memoria aquellos que ya no nos acompañan más.
Escalofríos.
Y luego, unas trompetas suenan. La marcha de San Lorenzo, seguida por la canción a las Islas Malvinas (que tristemente nunca aprendí), el Himno Nacional y el Himno Popular (las canciones que canto hasta en sueños todavía).
Me deja sin habla todo lo sucedido.
Sé que no todos los días vamos a vivir algo así.
Sólo por eso digo Viva.

Y otra vez escribo para vos.


Hola extraño, esta vez prometo ser breve. Tuve un sueño, era realmente maravilloso. Pero lo mejor no fue lo que pasó en él, sino como repercutió en mí.
He pensado mucho últimamente. En nuestro encuentro pasado, en nuestro próximo encuentro. Y me he dado cuenta que no sé cuándo será.
También he gestado una duda (y cada vez crece más): ¿Piensas en mí de vez en cuando? De esa duda surgen otras más. ¿Se te ocurrió pensar alguna vez que yo podría ser tu pequeña niña? ¿Me extrañas? ¿Me quieres o acaso lo hiciste alguna vez? ¿Hay espacio para mí en tu pequeño mundo?
No lo sé, tampoco sé si realmente responderás algún día.
Me sentí vacía estos últimos días, el sueño ayudó a que no me desmoronara como otras veces. Ese vacío me recordó a el antes. Cuando todavía nuestros caminos no estaban conectados (aunque siempre lo hicieron porque llevamos la misma sangre).
Ese antes en el que no tomaba dimensión de vos, de mí, de nosotros. Ese antes de un viaje que cambió mi historia. El antes en el que yo era una niña (y en el fondo todavía lo soy).
No estoy segura por qué te escribo. En definitiva no me vas a leer, ni siquiera me escuchabas cuando estabas cerca. Pero a veces necesitamos hablar con alguien. Hoy necesité hablar con vos.
Hoy necesité saber que existís y que por ahí, solo a veces, pensás en mí. Si es que lo haces.
Es difícil hablar con vos, nunca encuentro las palabras. Sé que no soy eso que esperabas. Soy tu hija rebelde, como me presentabas al mundo, inflado de orgullo como si fuera el resultado de toda una vida de trabajo duro. Soy esto poco (o mucho) que ves acá, que hoy te está escribiendo.
Y que a veces (solo a veces) piensa en lo diferente que hubiera sido todo, si nada hubiera sido como fue. Vos entenderás.
No estoy segura si fui concreta, al menos sí breve.
Tuve un sueño y en él todo era distinto. No sé si es bueno, no sé si es malo. No sé por qué me aferré tanto a él. Sé que me ayudó a no llorar (otra vez).
Pero ahora lloro, y no sé por qué.
Me gustaría verte y tomar un café. Tal vez podrías llamarme una vez por mes. Y no me molestaría que te interesara saber si estoy bien, si me gusta lo que estudio o qué es lo que quiero ser.
Adiós extraño, prometo volver a escribir alguna vez.

Que linda y que triste que está mi Argentina.

Momento en el que mi cabeza no deja de maquinar. Reviso paso por paso la situación, las circunstancias, las decisiones tomadas, las palabras dichas. Momento de pensar en el otro. Momento de entender, aceptar y querer cambiar la realidad. 
Llego a mi casa, después de una jornada intensa en el barrio y le empiezo a contar mis últimos dos días a mi vieja. Siento que pasaron dos semanas pero solo son dos días. Mi cabeza explota, se refleja en mis lágrimas. Me largo a llorar de manera imparable. Y de pronto me empiezo a reír. Me siento una desquiciada.
Analizo mi llanto y sé que es una mezcla de sentimientos incurables. Me siento impotente de lo que pasa a mi alrededor, pero orgullosa de todo lo que hago y de todo lo que hacen mis compañeros. Siento que puedo dar más, me sobre exijo y caigo en la cuenta de que soy humana y no puedo. Me sigo sobre exigiendo, caigo rendida y las lágrimas no paran otra vez. Me siento feliz, la solidaridad existe, y lo mejor, existe en el vecino, en el compañero de trabajo, en la chica de la esquina, en el nene de doce años que prepara las bolsas de alimento. Me siento triste, que injusto es todo a veces. Me siento enojada, son circunstancias extremas, es un desastre natural. Me siento con fuerzas, que todavía no sé de dónde salen, porque duermo poco, como poco y pienso mucho.
No resisto y sigo llorando, pero ya no me molesta, es mi forma de sacar del cuerpo todo lo malo. Sumerjo mis pies en agua caliente y sal, me siento una vieja. Me relajo. Después de un chocolate la situación cambia. Decido reponerme y mirar hacia adelante, ya voy a tener tiempo para descansar, cuando haya más gente que pueda dormir en su propio colchón. Escribo, para terminar de sacar de adentro toda la mierda.
Me sumerjo en un sueño profundo, o al menos sueño despierta con aquel sueño. 

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Una mujer parada frente a un espejo, se mira y comienza a gritar muy fuerte.
- Jajajajaja
Jejejejeje
Jijijijiji
Jojojojojo
Jujujujuju
Su hermana la mira de lejos y le pregunta:
- ¿Qué haces?
- Practico risas.
- ¿Para qué?
- Para enfrentarme al mundo.

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Se volvieron a ver unos meses después  Él se había tomado unos días para pensar y había decidido viajar a su pueblo. Se instaló en un hotel cercano a la playa, nada lo reconfortaba más. La invitó a cenar y la velada fue maravillosa. Por un momento olvidaron todo y volvieron a ser uno. Decidieron volver juntos y la noche concluyó apasionadamente.
Al día siguiente, ella fue la primera en levantarse, escribió una nota y bajó a la playa, disfrutó de las primeras olas matutinas. Y a las pocas horas lo vio asomarse a una ventana, definitivamente era él.
No volvieron a verse.

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Chau extraño, esta vez me despido para siempre. Mis hasta luego tocaron fondo y ya no quieren respuesta. Mis ganas se marchitaron con el tiempo. Mi orgullo me obligó a resurgir. Mi dignidad me golpeó. Pero no creas que eso me desalienta, no. Me da fuerza para incorporarme y salir a caminar. Sé que hay más para mi en el mundo, pero atada no puedo recorrer. Sé que hay algo esperándome a la vuelta de la esquina, pero hasta ayer cada paso que daba eran dos que retrocedía. Hoy ya no más. Hoy elijo quererme antes que quererte. Porque no merece la pena elegir a alguien que no te elige. Hoy abro los ojos y agudizo mis sentidos, abro las puertas de mi ser a un mundo que acontece. Ya no tengo miedo de caminar sola. Ya no tengo miedo de decir adiós. Porque poder decir adiós es crecer.

El reflejo

Hacia fines de abril la temperatura era invernal. Los días eran extremadamente fríos y la gente no parecía disfrutar el aire libre. Los caminos estaban escarchados, el cielo cubierto de nubes grises apresaba los pensamientos de quién lo observara. La facultad tenía ese aspecto lúgubre que sólo se ve en las películas. Miles de caras ausentes recorrían los pasillos del gigante edificio, sin embargo, se sentía sola. Caminaba sumida en sus pensamientos y el temor la invadía. Observaba las aulas repletas de gente y no comprendía por qué su imaginación jugaba con ella.
La segunda clase del día fue eterna. Ella se encontraba justo en el medio del aula. Todos parecían disfrutar sus conversaciones, excepto ella. Todos reían, todos compartían opiniones, pero ella estaba sola. Miraba a su alrededor y se sentía fuera de lugar. Se paró y decidió dejar la clase. Fuera del aula las cosas no mejoraban. La noche invadía todos los rincones, el único sonido que se oía era la puerta oxidada que daba a la calle. Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
Caminó en dirección a aquella puerta enmohecida e intentó abrirla. Pero ésta no cedió. Estaba cerrada con llave. Pidió ayuda pero nadie respondió. Decidió no asustarse y volvió al aula. Al llegar allí descubrió lo que tanto temía: no había nadie. Una pequeña lágrima rodó por su mejilla marcada por el frío. Sus labios comenzaron a temblar, ya con un color violeta. Sus latidos se volvían más veloces. Comenzó a correr. Las escenas que pasaban parecían repetirse, el terror la invadía por completo. Su torpeza la llevó a caer y perdió el conocimiento.
Minutos más tarde comenzó a abrir los ojos. Ya no había luz, ya no había ruido. Intentó recomponerse y calmarse. Oyó unos pasos y corrió en dirección a ellos, aunque sólo era su imaginación. Se sintió observada. Escuchaba una respiración que no le pertenecía. Intentaba convencerse de que simplemente era su imaginación, pero algo hizo que cambiara de parecer.
Aterrada se refugió en el baño. Los espejos rotos reflejaban un rayo de luz artificial que entraba desde afuera. Su cara había perdido su esencia, aquella persona feliz y llena de luz ya no se encontraba ahí. En cambio, una persona que no reconocía, oscura y espectral, se manifestaba frente a aquel trozo de vidrio.

Amnesia (parte 2)

Ella
Me acaban de dar el alta. Me aconsejaron muchas cosas, entre ellas que escriba todo lo que piense y sienta a cada momento. Resulta que de esa manera pueda llegar a recordar más rápido.
Es extraño ver a todos llorando y abrazándome y no sentir nada al respecto. Pero según el médico es normal, me aseguró que pronto iba a recordar, que tenía que tener paciencia.
Mi madre me dice cosas que no comprendo, nombra gente, situaciones. Yo sé que intenta ayudarme. Le pido disculpas y que no siga, me duele la cabeza constantemente.
Me acuesto a pensar miles de veces al día ¿Algún día volveré a recordar? Me siento vacía, me falta algo o todo.
Los días pasan, la gente que me rodea es siempre la misma. A veces vienen otras personas, algunos son amigos, otros familiares, otros compañeros. Me apena no recordarlos, solo puedo mirarlos con tristeza y agradecerles la paciencia. Me apena no saber quiénes son o peor aun, quién soy yo.
Decido irme una semana a otro lado. Necesito alejarme. Preparo las valijas y junto a mi hermana, una de las pocas personas que recuerdo, nos vamos a Brasil. El viaje ya estaba preparado, habíamos reservado todo antes del accidente.
Mi madre se enoja por nuestra partida, tiene miedo, creo entenderla. Le aseguro que necesito hacer esto y nos marchamos.
El camino al aeropuerto fue en completo silencio. Mi mente maquinaba a mil por hora. Pero ya estamos ante el avión, por subir y la emoción nos hace hablar sin parar.
Mi asiento es la butaca 18A, justo en la ventana. El avión despega.
Cuando miré hacia afuera me empezó a doler la cabeza. Eso suele sucederme cuando voy a recordar algo.
Un viaje, conocí nuevas personas, a mi familia. Viaje a otro país. Una lágrima me recorre la mejilla. El primer recuerdo fue doloroso.
La miro a Cami y le cuento. No logra contener su emoción y me abraza. Sus brazos son flacos pero cálidos. Eso estimula mis sentidos, sigo recordando. Recuerdos de pequeña.
Mi hermana saca unas cuantas fotos de su agenda. Las miro y poco a poco les encuentro un sentido. Mi mente no tiene descanso. Recuerdo hasta dormirme.

El viaje a Brasil sirvió para recordar sin sentir presiones. Cada situación me trajo un momento a la memoria.
Un mate amargo, una canción brasilera, un libro de Galeano, un té de menta. Cada cosa tenía un significado oculto, cada situación un mensaje. De pronto recordaba todo, bueno, casi.
Hoy me voy a encontrar con Tomas. Todos me dijeron que era el amor de mi vida. No lo sé, lo único que puedo asegurar es que se portó muy bien conmigo este tiempo. Recuerdo que siempre que me despertaba en el hospital estaba él, mirándome o durmiendo, sosteniendo mi mano siempre. Siempre cerca. Se preocupó mucho por mi, creo que eso me gusta.
Estamos en Plaza Moreno, frente a mí se impone la catedral, una obra magestuosa que genera sensaciones extrañas. Tomas intenta que recuerde la razón de esas sensaciones. Me cuenta una historia, no recuerdo.
Hace hasta lo imposible, quiere que lo recuerde como sea. No puedo.
Creo que se rinde. Baja la cabeza con los ojos empañados. Se disculpa y comienza a caminar en la dirección contraria a mi.
Me apresuro a levantarme. Él se da vuelta, me mira y comienza a caminar de un lado a otro. Debe estar pensando cómo arreglar la situación.
Pienso un instante. Junto valor. Me paro delante de él y lo beso. Creo que lo quiero. Se lo digo y se ilusiona.
- ¿Me recordaste? - pregunta con ternura
- No, sigo sin saber quién sos, no te conozco. Pero no puedo evitar sentirte mío. No puedo asegurarte que vuelva a recordarte en algún momento, pero si estás de acuerdo me gustaría conocerte. - Estiro la mano y él me mira sin entender mucho - Mucho gusto, mi nombre es Macarena.