Mi argentina


Mi Argentina es un pañuelo en la cabeza de una abuela, el recuerdo de una buena compañera.
Mi Argentina es un lápiz que no deja de escribir, un desaparecido que no deja de existir.
Mi Argentina es la estrofa de un himno cantado por millones, un pedazo de tela de colores.
Mi Argentina es un pueblo originario olvidado, un lenguaje poco usado, un nombre con significado.
Mi Argentina es un joven encapuchado, una bala de cartón, un grito de perdón.
Mi Argentina es la leche derramada, los campos quemados, un pueblo desesperado.
Mi Argentina es una copa de leche comunitaria, un comedor nacional, un centro cultural.
Mi Argentina es una historia narrada por vencedores, más aún quedan pensadores.
Mi Argentina es la gente, alguien que viene y aquel que se va.
Mi Argentina es una postal, una carta al futuro, un pasado fugaz.
Mi Argentina es un camino que mide 5301 kilómetros, un patrimonio histórico, un paisaje simbólico.
Mi Argentina es un recurso natural, un sol caliente, un viento fuerte.
Mi Argentina es el olor a tierra roja, el sonido del agua al caer, el estruendo de un hielo al romper.
Mi Argentina es un abrigo de alpaca, un vino de uvas dulces, un viaje en tren.
Mi Argentina es la melodía de una guitarra, el sonido de una voz, una canción regional, un discurso cultural.
Mi Argentina es un dibujo de colores, un cuento sin palabras, un relato sin final.
Mi Argentina es un medio de comunicación, una ley de transformación, un motor de liberación, un arma de transformación.
Mi Argentina no entiende de género, no discrimina color, solo entiende de inclusión.
Mi Argentina es un mate con amigos, un partido de futbol, una canción popular, un domingo familiar.
Mi Argentina es una herida abierta, una mano compañera, un esfuerzo y una espera.
Mi Argentina es patria y madre, es hermana confidente, es hogar residente.
Mi Argentina me transforma, me descubre, me interpela.
Mi Argentina soy yo, sos vos, son ellos.
Mi Argentina es aquello que no queremos que vuelva a pasar, es aquello que queremos mejorar, es lo que debemos respetar, lo que no podemos olvidar, lo que intentamos cambiar. Es un país que busca progresar. Es un país que logra enamorar. Es algo que no puedo explicar.

Cronenberg (parte 2)


2012
Un millón de cosas se le pasaban por la cabeza en ese instante. A penas tenía 18 años y estaba por hacer un viaje que le cambiaría la vida para siempre. Su madre la había preparado para ese momento. No temía lo que iba a encontrar, o tal vez un poco.
Liana abrazó con fuerza a Juana y le pidió que la mantuviera al tanto. Estaba asustada por lo que podría pasar y a la vez orgullosa del valor que tenía su hija. Era su vivo reflejo, el mismo espíritu aventurero. La misma independencia.
Juana la observó unos instantes. Por un minuto pensó lo increíble que era, y se preguntó cómo había afrontado semejante lucha tantos años. Sabía la respuesta, sabía que la resistencia de su madre había sido por y para ella.
Se acercó a la puerta de embarque y se dijo a sí misma que pasara lo que pasara durante aquellas dos semanas, sería fuerte, no sólo por ella sino por su madre.
Las seis horas de viaje fueron eternas. Las ansias la consumían. Pero una vez en tierra no se atrevía a bajar. Aunque ya estaba allí, debía cumplir la meta de aquel viaje: conocer a su padre.
De pronto vio por el vidrio y logró identificar a su familia. Que extraño sonaba, aquellas personas eran su familia. Los saludó con una sonrisa y luego de recoger su equipaje se acercó a ellos. Los besos, los abrazos, las fotos y los halagos comenzaron a aparecer. Juana estaba en estado de shock, a penas podía articular dos palabras seguidas.
Los primeros días fueron difíciles. Constantemente extrañaba su casa, a su madre, a su hermana, a su verdadera familia. Quería regresar lo antes posible. Quería llorar constantemente y volver como si nada hubiera pasado. Pero nada era tan fácil, le había costado llegar allí y sabía que sería difícil alejarse nuevamente.
Pasaba muchas horas junto a su padre. Los primeros dos días fueron complicados, no lograban llevarse bien. Ella era muy Argentina, y ellos muy conservadores. Ella era intolerante, directa y orgullosa. Y Werner igual. Definitivamente, eso era herencia paterna.
El cuarto día fue el peor de todos. Werner, su hermana, Juana y sus primas fueron a cenar. La noche transcurrió bien, Juana había aprendido a ignorar los comentarios racistas de su padre por lo que no hubo ninguna pelea. Hasta la hora de pedir la cuenta.
Werner llamó al mozo aplaudiendo, y aunque para ellos parecía ser normal, a Juana le pareció grosero y se lo remarcó. Debido a ese llamado de atención se creó un ambiente tenso, en el cual discutieron un rato. Pero como la intención de ella no era terminar mal la noche, le dio la razón y simplemente se calló.
Su padre, inconforme siguió discutiendo con ella pero al notar que ya no lo escuchaba se puso a hablar con su hermana. Un comentario revolvió el estómago de Juana. “Eso es porque nunca tuvo un padre”. Las palabras resonaban en su cabeza una y otra vez.
Con delicadeza, pidió permiso y se levantó. Luego lo miró y le dijo “Sos un desubicado, y sí tuve un padre, fue mi abuelo porque vos no estuviste”. Se dirigió al baño y en media hora lloró lo que había retenido toda una vida.
Luego de discusiones, de peleas, de insultos y de disculpas, Juana decidió hacer borrón y cuenta nueva. Todavía restaba una semana y media, y si no podía disfrutarlo sería eterno.
Los días siguientes fueron tranquilos, su padre tenía cada tanto ataques de sinceridad y le decía todo lo que pensaba de ella y de su madre. De a ratos era su hija preferida y luego era la rebelde que no hacía caso.  Pero con paciencia logró llevar el viaje.
Un intervalo solucionó todo. Junto a una de sus primas y el novio se fueron al Salar de Uyuni. Un desierto de sal alucinante, que disfrutó a cada instante. Y le devolvió las fuerzas que necesitaba para terminar aquel viaje.
A medida que se acercaba el fin de sus vacaciones, la relación con su padre avanzaba y retrocedía constantemente. Él le dejó en claro que no se haría cargo de ella pero que la amaba. Y ella entendía que no podía pretender más. Su padre estaba enfermo. La droga había consumido su vida durante 24 años, ya nada podía hacer para cambiarlo.
Una tarde, cuando salieron a pasear y ella se quedó en su camioneta esperándolo, revisó todo lo que estuvo a su alcance. Y atrás de unos papeles, encontró lo que buscaba. Un pequeño frasco que contenía un polvo blanco. No tenía la inocencia suficiente como para creer que era azúcar impalpable y llegó a una sola conclusión.
Luego de ese día decidió tomar distancia. Disfrutar los últimos días en la ciudad fue su única meta. Y así lo hizo.
El 3 de agosto, cuando estaba subiendo al avión de regreso a casa, se preguntó a sí misma qué pasó en el viaje. La respuesta fue la más difícil que tuvo que formular en su vida. El viaje marcó un antes y un después. Su fuerza, de la que tanto había hablado, no existía. Sentía que el mundo se le desmoronaba y que debía comenzar a construir todo de cero. Porque la chica que se había ido de Argentina hacía dos semanas, no era la misma que volvía.

Cronenberg (parte 1)


1991
El tren estaba a punto de partir. Liana observó por última vez la estación y decidida se subió. Era la primera vez que salía sola del país y esperaba que este viaje a Bolivia fuera una buena experiencia. Llevaba el dinero suficiente para recorrer por tres meses algunas de las ciudades.
Sus padres no estaban muy de acuerdo con su marcha. Creían que debía enfocarse en su carrera de abogada y luego viajar por el mundo. Pero ella siempre tuvo un espíritu libre y no le importaba nada. Estaba obsesionada con la aventura.
El primer mes lo dedicó a las ciudades de las que más le habían hablado: Potosí y La Paz. Disfrutó recorriendo cada lugar, aprendiendo de esa nueva cultura tan ajena a ella. Dormía en hoteles baratos cuando no tenía ningún conocido cerca. Ella era radio aficionada y gracias a eso logró ahorrar mucho dinero, ya que muchos de sus amigos la habían invitado a quedarse en sus casas.
Su tío, quién vivía en Santa Cruz de la Sierra, la invitó a quedarse un mes con él. Lo que le pareció una idea estupenda y, sin dudarlo dos veces, se tomó un colectivo hacia la ciudad de los ricos.
Todo en ese lugar era increíble. Barrios pequeños con lujosas casas cuidadosamente decoradas. Mansiones y estancias de campo que ocupaban manzanas enteras. Autos importados. Y gente de mucho dinero.
Todo allí le llamaba la atención. Todo, incluso ese apuesto hombre con el que se había topado en una fiesta.
Werner era un hombre diez años mayor que ella. Provenía de una de las familias más importantes de Bolivia, los Cronenberg. Habían llegado allí con las primeras migraciones luego de la Segunda Guerra Mundial y se habían asentado en una colonia Alemana, que no tardó mucho en conformar otro mundo dentro del país.
En aquella fiesta, Werner no la dejó en paz ni un instante, intentó hasta lo imposible para sacarla a bailar. Y por cansancio le ganó. Así mismo, por cansancio, logró convencerla de quedarse un mes más. Y luego un año más.
Pronto se encontró viviendo junto a él en una pequeña casa amarilla. Su familia la había integrado de manera inmediata, a pesar de ser completamente diferente a todos. Él estaba encantado, no sólo por su belleza y su inteligencia, sino por lo buena cocinera que era.
Sin embargo, Liana no se sentía conforme, siempre había sido muy independiente y él no se lo permitía. Le prohibió estudiar y trabajar. Pero ella no era tan fácil de manipular y cuando lo amenazó con irse, él le regaló una perfumería. Como quien regala un ramo de flores.
No tuvo mucho éxito el nuevo negocio, pero al menos mantenía la cabeza de Liana ocupada. Y él podía dedicar su vida a la granja.
Durante los tres años que vivieron juntos él sólo tenía una condición: pasar a solas una hora por día encerrado en el baño, ya sea con sus libros o diarios. Prendía la ducha y durante 60 minutos ella hacía su vida sin molestarlo, lo que le parecía justo y lo aceptó sin chistar.
En el tiempo que vivió con él comenzó a notar cambios de actitud repentinos. Cambios de humor constantes. Y diversas secuelas que la hacían dudar de su personalidad. Pero en su inocencia, no podía sospechar lo peor.
Una tarde de invierno, la mucama se acercó a ella y le mostró un polvo blanco que había encontrado tirado en el baño. “Esto es droga señora” le dijo mientras se lo colocaba en la mano.
“¿Cómo no lo había imaginado?” se preguntaba cada día, aún así, no encontraba el momento adecuado para encarar la situación.
Cinco días después del incidente, alrededor de las tres de la tarde, ella estaba por salir a pasear por la ciudad cuando él la sujetó del brazo.
- No salgas - le dijo.
- ¿Por qué? - respondió secamente ella.
- Afuera nos están esperando para matarnos, me buscan a mí pero no van a dudar en agarrarte si tienen la oportunidad – empezó a sujetarla más fuerte, hasta que ella se logró soltar y se acercó a la ventana.
- Afuera no hay nadie. ¿De qué carajo estás hablando? – le gritó enfurecida, pero cuando quiso darse cuenta, él sostenía un arma en la mano.
- Bajá eso, por favor.
- ¡Alejate de la ventana te dije! – Liana comenzó a llorar, rogándole que dejara el arma.
Al otro día empacó sus cosas y se fue a lo de su amiga Paulina. Werner tardó cinco días en encontrarla y diez en convencerla de volver. Le juró que había sido todo un mal entendido y que no volvería a pasar. Y Liana, que tenía afinidad con los casos perdidos, aceptó volver.
Un mes después, y acompañado de constantes peleas, viajaron a Cochabamba por el fin de semana. Entre una copa y otra, terminaron en un hotel y disfrutaron aquella noche de placer. Pero las consecuencias no fueron las esperadas. Dentro de su vientre comenzaba a gestarse Juana.
Liana brillaba de la felicidad. No podía creer lo que le estaba sucediendo. Tanto tiempo intentándolo y de un momento a otro sucedió. Quizás no en la situación adecuada, pero sucedió.
En ese momento comenzó a replantearse qué hacer con su vida, y con la de su hija. No podía criar a la niña que llevaba dentro en un ambiente como ese. Pero no estaba segura de cómo proseguir. Hasta ese día en que Werner le levantó la mano en uno de sus ataques de bipolaridad. Definitivamente su hija no se criaría allí.
Nuevamente armó su bolso. Pero esta vez para no volver. Se subió a un avión Argentino y retornó a su hogar. El viaje había terminado.

Excentricidades

El abogado


Julia conoció a Marco en la fiesta que hizo en su casa el pasado Halloween. Parecía un tipo agradable, de unos 40 años de edad... el doble que ella; esa noche no tuvieron mucha relación pero aún así lo agregó a facebook. Pasaron dos meses y nunca habían mantenido una conversación más larga que un “hola y chau”.
El 15 de diciembre, él le habló y la invitó a cenar. A Julia le pareció una idea interesante, un tipo formado, un abogado importante, con mucho dinero. Sin pensarlo dos veces aceptó la invitación. Él insistió en llevar a cabo la cena ese mismo día, pero ella no quería.
A las ocho de la noche, mientras miraba una película acostada en su habitación, tocaron timbre. Contestó su padre, un hombre de 65 años muy simpático. Era Marco, que la había ido a buscar para salir a cenar.
Cuando José subió para avisarle a Julia que la estaban esperando ella se sobresaltó. Le había dejado en claro que no quería saber nada y su look desprolijo lo demostraba. Antes de una cita se pasaba dos horas frente al espejo y elegía con mucho cuidado el atuendo.
Como le preocupaba el hecho de que su padre y él charlaran mucho se apresuró a cambiarse y arreglarse. Se dirigió al living y despidió a todos con una sonrisa. Agarró del brazo a Marco y salieron.
Se subieron a su Audi A3 y dieron comienzo una cita que sería la peor de su vida. Por lo general, cuando alguien la invitaba a cenar la llevaba a lugares como “Le monde”, “Amore”, o algún lugar de la alta sociedad. Sin embargo, ésta fue la excepción.
La cena fue en el departamento de él. Un lugar ambientado armoniosamente, muy lujoso y con mucho estilo. Fue un comienzo tranquilo, aunque muy elaborado para su gusto... Prendió velas, ambientó el comedor y puso una película romántica, al mejor estilo cena cliché.
Luego de comer, y hablar un rato sobre negocios, o mejor dicho, luego de escucharlo una hora hablar, recogieron la mesa y él se dirigió al baño. Nada anormal, hasta que Julia descubrió que se había ido a lavar los dientes y, lo que era aún peor, de una caja sacó un pequeño cepillo de viaje y se lo ofreció. Le resultó un poco ridículo que alguien tuviera guardado en su placard cepillos de dientes en miniatura y hasta le causó gracia la idea de tener que ir a lavarse los dientes. Pero lo hizo, luego le dijo “debería ponerle mi nombre así no se lo prestas a otra” y sonrió con amargura.
Él la invitó a pasar a su habitación, bajó las luces y le preguntó si quería escuchar música. Ni bien asintió, abrió un placard en donde tenía al menos 200 cd’s y eligió el que le pareció más apropiado. Un compilado que iba desde temas de Arjona hasta Los Nocheros. “¿Qué más da?” pensó ella, “peor no se puede poner”.
Antes de comenzar a desvestirla sacó de su billetera un preservativo y lo dejó de manera prolija al lado de la cama. Ella se comenzaba a sentir incómoda, sin embargo ya estaba allí y no podría irse tan fácilmente.
Comenzaron a tener relaciones de una manera muy tierna. Ella no disfrutaba la situación, no la estaba pasando bien. Pero trató de tomar las riendas del momento. Se subió encima de él y luego de tres minutos él le avisó que iba a acabar.
Su cara de espanto debió haber sido increíble, porque cuando él estuvo fuera de su cuerpo y la miró le preguntó si se sentía bien. “Si” respondió, y se quedó tendida sobre la cama mientras miraba el techo.
Él le ofreció algo para beber y, como ella aceptó, se fue hacia la cocina y regresó con una bandeja de plata y tazas de porcelana. El contenido no era para nada agradable. Era una especie de té helado traído de algún país cuyo nombre no recordaba y que era afrodisíaco. Le pareció bastante excéntrico y prefirió no tomarlo.
Como si la noche no hubiera sido suficientemente rara, cada vez que él se acercaba a ella le olía el cabello y le decía lo dulce que sabía. Llegado un punto comenzó a asustarse de lo que estaba ocurriendo pero intentó mostrarse íntegra. Le dijo que se sentía un poco mal y que quería irse a dormir. Él la comprendió y le dijo que la esperara un momento que tenía un regalo para ella. Las sorpresas no paraban.
Le acercó tres cajas. En la primera había un par de zapatos, talle 36, de Michael Kors. En la segunda, un vestido Coco Chanel negro. Y en el último golosinas traídas de diversos países y una carta que le pidió que leyera cuando estuviera sola.
Una vez en su casa, y todavía atontada por toda la situación, comenzó a leer la carta. Ésta era una declaración de amor, en la que describía cada movimiento que había hecho Julia los últimos dos meses. Eso realmente la atormentó... no podía creer lo que estaba pasando. Lo primero que hizo fue eliminarlo de facebook y contarle a sus padres todo lo sucedido.
Tres meses después del incidente, como no le había vuelto a hablar y no lo había visto más, creyó que todo estaba resuelto. Pero el 15 de marzo un sobre con su nombre resbaló por la puerta de su casa. Cuando lo abrió vio una foto de ella mientras paseaba a su perro, otra en un boliche, otra en su habitación y así 50 fotos más. Y una nota que rezaba “¿Te gustaría salir a caminar?”

Viaje


La vida es como un viaje. Un viaje a tierras lejanas que nadie conoce; tierras para explorar, para conocer, para colonizar. Un viaje imprevisto aunque previsto. En dónde nada es lo que parece y todo es como es. El cual a veces es difícil y duro, y a veces tan llevadero. En donde te tenes que frenar a observar los paisajes que te rodean porque realmente no sabes cuando podrás volver a ese lugar. En donde tenes que esquivar los obstáculos y mirar siempre para adelante, sin olvidar lo que dejaste atrás para no perderte.
Y mirar esos paisajes, y recordarlos. Y capturarlos en una imagen mental como si fueran a formar parte de un gran álbum de fotos. Y analizarlos, ver más allá, ver los detalles. El color del cielo, que representa el alma, con sus mil y un tonalidades. Con sus rosas calidos o azules fríos. Que representa los sentimientos, aún aquellos que todavía no conocemos y probablemente no conozcamos jamás. Y la tierra, que representa al cuerpo. Aquella porción material de algo. Frágil y fuerte al mismo tiempo. Firme y volátil. Y todo lo demás que compone aquellos paisajes. Los edificios, la naturaleza. Dos caras de tu vida. El pasado y el presente.
Y disfrutar tu medio de transporte. Tus pies, tus palabras, tu imaginación. Que te llevan a lugares inimaginables y tan esperados a la vez. Lugares que con el tiempo considerarás propios. Lugares con rincones que sólo vos conocerás. Lugares que amarás y odiarás. Espacios nuevos, amplios y pequeños. Habitaciones vacías que se llenarán con el tiempo.
Y querer el camino que recorres. Porque más allá de todo, es tu camino. Un camino que probablemente sería diferente si hubieras elegido otra dirección. Pero elegiste esta, por una razón. Y te apropiaste de ese camino. Y te aferraste a esa razón, para agradecerle cuando las cosas marchan bien y culparla cuando todo ande mal. Pero es tú razón y con ella podrás hacer lo que quieras.
Y los obstáculos, lo más complicado del viaje. Intentarán hacerte caer, tropezar, confundirte. Intentarán que no llegues al final del viaje o que por el contrario, llegues muy rápido. Lograrán que más de una vez intentes bajar los brazos y te quieras dar por vencido. Tocarán lo más profundo de tu ser para obligarte a desistir. Aparecerán en los momentos menos esperados. Pero te mantendrán alerta, despierto, vivo.
Y el equipaje, será una de las decisiones más difíciles de tomar. Tendrás que saber seleccionar lo que realmente te haga falta ya que no podrás cargar una mochila pesada toda tu vida. Tendrás que elegir pocas cosas de una variedad infinita de posibilidades. Pero el resultado final, la mochila completa, serán el fruto de toda una vida, te todo un viaje. Recolectarás, seguramente, recuerdos, amistades, amores, aventuras, pecados, sacrificios. Pero también pequeñas partes de aquellos lugares que conociste.
Y las marcas en el cuerpo. Aquellas que quedarán luego de vientos fuertes y mareas altas. De nevadas blancas y calores agobiantes. Esas arrugas que demostrarán tu tiempo. Esas manchas que contarán una historia, tu historia.

Mi vida


Últimamente levantarme de la cama es un placer, mirar a mí alrededor me llena. No tengo una vida perfecta, sin embargo no la cambiaría. Mi medio de descargue siempre fue escribir, antes escribía mis tristezas y frustraciones, hoy me siento completa y quiero escribir gracias a eso.
A veces no termino de entender que tan en la tierra estoy. Cuando presto atención a las cosas que me rodean comprendo que logré todo lo que siempre quise.
Recuerdo a mi familia en el pasado, pequeña y simple, y miro ahora a toda esa manada de gente que dice ser mi familia y me quiere y cada día que me ven me abrazan con sonrisas como si fuera la pequeña que no ven hace tanto tiempo y no pueden dejar de apretar mis cachetes, y eso me enoja y me da risa. Y comprendo que no importa si es lejos o cerca, o si los veo todos los días o no, son mi familia igual. Y pienso en toda esa otra porción de parientes que me espera en otro lado, que a veces me quieren y a veces me olvidan, pero me completan, me llenan eso espacios vacíos que antes no se llenaban con nada. Y me refrescan. Me enloquecen y me sanan. Son parte de mi historia.
Rememoro aquellos momentos con esas personas que no importa el tiempo, ni la distancia, siempre van a estar ahí. Y no digo ahí presentes al pie de la letra, aunque espero que si, digo presentes en mi corazón y en mi mente. En fotos y cartas. Esas amigas y amigos que siempre estuvieron y pase lo que pase van a estar. Esos amigos de los que a veces me olvido o no extraño, pero no puedo olvidarlos porque son parte de mí. Esos amigos que crecieron conmigo, que vieron lo mejor y lo peor de mí, y aún así me quisieron día a día. Y miro ahora, a los que me quedan y a los que llegaron, y comprendo que nunca se puede estar solo, porque siempre hay alguien esperándote. Hay nuevos amigos esperando a compartir locuras nuevas, y a aprender cosas nuevas. Y a enseñarte.
Y el amor, que a veces va y a veces viene. Pero siempre esta ahí. Que no se puede ignorar ni evitar. Ese amor que me demuestra que a pesar de todo la vida sigue. Y que justamente esa vida esta preparando cosas inexplicables para cada uno. Y se las puede aceptar o cambiar. Porque de eso se trata.
Y el trabajo, que antes era fácil y rutinario, sin mucho más. Hoy se vuelve complicado, aburrido, interesante y hasta agobiante. Pero no deja de ser parte importante. Que a veces se odia y a veces se quiere y se disfruta.
Y la facultad, que es más de lo que alguna vez pude soñar. Recorrer esos pasillos y observar las aulas que día a día me educan. El hecho de preferir pasar horas y horas allí dentro que en tu propia casa, por saber que esos pasillos están llenos de vida y de sabiduría y de compañerismo. Y esas caras nuevas que te cruzas todos los días, que a veces son tan familiares y otras tan ajenas. Ese pequeño pueblo lleno de información y comunicación. Esos debates públicos y esos enojos reprimidos que en algún momento salen. Y esas muestras y esas charlas. Y las banderas y los colores, las agrupaciones y los sueños de miles de estudiantes. Los recuerdos, el pasado que no se olvida, que deja huella. Y marcan a las nuevas generaciones. La cultura, la educación, la política.
Y el JEI, esa nueva pequeña parte de mí. Esos aires de cambio que tanto buscaba. Los barrios, los comedores, los chicos, las risas y ganas de vivir. Esa sensación de paz que tengo al llegar a casa con el cuerpo cansado y la ropa manchada. Ese verde esperanza. Esos compañeros que te aceptan el primer día. Esas caras largas cuando tenes que despedirte. Esas chocolatadas. Esos abrazos interminables y risas contagiosas. Esas ganas de levantarse y tener algo porque luchar. Las ganas de cambiar aquello que no nos gusta y los planes para llevar a cabo proyectos de cambio, proyectos de futuro. Esos pequeños avances desde muy adentro. Esa sabiduría. Y la participación y la organización, el trabajo en equipo. El darte cuenta que hay más de una realidad.
Y la vida, con sus altibajos, la gente que te rodea y que llega y se va. Lo fácil y lo difícil. Lo que te llena el alma y lo que te destroza. Esas manos amigas que te calman. Esas manos extrañas que se presentan. Esa gente, esos lugares, esos caminos. El hecho de elegir una y otra vez lo que nos toca. La manera de disfrutar o encontrarle la vuelta a aquello que vivimos. El hacer lo que se quiere y querer lo que se hace. El aceptar desafíos cada día y enfrentarlos, con la frente en alto. Reconocer errores, cambiarlos, mejorarlos. Renovarte día a día.
Y yo, que a veces no sé quién soy y otras sí. Que pienso en aquella persona de unos meses atrás y la comparo con la persona que soy ahora. Los cambios grandes y pequeños. Soy lo que vivo y como elijo vivirlo. Soy lo que aprendo, lo que me enseñan y lo que enseño. Soy lo que escucho, lo que me pongo. Soy lo que siento. Soy paz y guerra. Soy frío y calor. Soy lo que me sale ser en el momento. Soy todo y nada, y de a ratos soy algo. Soy alguien. Soy feliz, el noventa por ciento del tiempo. Soy fuerte y débil, y lloro y me río. Y me centro en esa coraza que me forme un tiempo atrás, que esta formada por mis dibujos y mis letras, y me escondo ese otro diez por ciento del tiempo. Pero así soy, y esta es la vida que me toco. Y esto es lo que quiero para mí. 

CUPEC


Aquí estoy, parado, mirando lo que queda. Debo ser la única persona en el mundo que recuerda lo que había antes, porque si hay alguien más parece no importarle.
Mi nombre es Lisandro Amado y tengo 94 años, espero que aquella persona que encuentre mi carta pueda cambiar la situación. Las cosas se salieron de control, la sociedad no estaba preparada para esto. 
Hace cincuenta años yo era el Vicepresidente de Argentina. En una reunión de la ONU que se dio en Washington se acordó que se lanzaría un nuevo proyecto de gobierno en todos los países. Éste proyecto era llamado Comunidades Unidas Por El Consumo (CUPEC). Era una mezcla entre el capitalismo y el comunismo.
A pesar de muchos desacuerdos, llegó el momento de votar y el plan se puso en marcha. Las ideas pautadas eran ingeniosas, innovadoras y a prueba de fallas. O eso creíamos. 
Buscábamos la paz y la unión de los pueblos. Por lo que decidimos utilizar todos los materiales para armamentos en tecnologías. Desarmamos tanques, que eran autos gigantes de acero destinados a matar básicamente. Desarmamos armas, instrumentos también utilizados para la eliminación del hombre. Y muchas otras cosas que por decisión unánime consideramos que no servirían más.
Con todo el material y de la mano de muchos ingenieros logramos crear un mundo donde no era necesario trabajar. Solo consumir. A grandes rasgos, la gente no hacía nada y tenía todo.
Creamos los robots y las máquinas que hacen absolutamente todo por nosotros. Ya no era necesario cocinar, porque había algo que lo hacía por vos. No era necesario robar, porque ibas y buscabas lo que necesitabas en el supermercado o en el lugar que sea. 
El primer año del CUPEC fue un caos. Aunque estaba previsto, llegamos a asustarnos. La gente se llevaba en cantidades inexplicables cosas inservibles por el solo hecho de que eran gratuitas. Muchos  abandonaron el colegio o sus trabajos para viajar por el mundo. Otros se dedicaron al alcohol, a las drogas, a las prostitutas gratuitas y a los juegos, en dónde apostaban yates o casas que no tenían, pero que fácilmente conseguirían. 
Fue una incoherencia, el hombre era insaciable, llegamos a creer que el plan había fallado completamente. Pero pasado el primer año la gente comenzó a comprender la idea. Con más tiempo libre y sin tener que estudiar algo que te dé un trabajo a futuro, la gente comenzó a educarse con lo que realmente les gustaba.
Comenzamos a tener historiadores, músicos, artistas de todo tipo. Cada cual hacia lo que le daba placer. Los supermercados y locales de ropa comenzaron a trabajar con un stock de cosas por día que bastaba para satisfacer las necesidades de todos. 
Sin embargo, el auge del proyecto fue diez años después. El mundo estaba en estado perfecto. Ni siquiera el paraíso se asemejaba a lo que vieron mis ojos. Había paz en la tierra, no existía la discriminación, éramos todos iguales. 
Llegamos a pensar que habíamos cambiado el ciclo de la historia. Que por primera vez en la memoria del hombre iba a existir un comunismo puro. No había monedas, ni culturas, ni idiomas que nos diferencien. De pronto todos sabíamos hasta seis idiomas. Todos teníamos conocimientos absolutos, porque nos dedicábamos a eso, a disfrutar estudiando lo que queríamos.
Pero de repente la situación cambió. Las nuevas generaciones, que no tenían la cultura del estudio de las épocas anteriores, comenzaron a desvirtuar el proceso. 
En un lapso de diez años la gente comenzó a abandonar sus estudios. Dejaron de interesarse por todo aquello que en algún momento los había motivado. Ponían excusas como “para que voy a estudiar ahora si lo puedo hacer mañana”.
De un minuto a otro, la vida social era lo único que importaba. Las personas se comportaban de la misma manera que antes pero ahora las exclusiones no iban de la mano con la economía o el estrato social, sino de cómo dedicaban su tiempo. 
Hoy, desde hace más o menos 20 años, los ignorantes, aquellas personas que no estudian y se la pasan de jolgorio, se ríen de aquellos que quieren formarse. Y el saber pierde el valor.
Y me remonta a la situación que estoy mirando. Un aula vacía, llena de polvo y arruinada por el paso del tiempo. Un robot oxidado preparado para enseñar. Y nadie dispuesto. A quién me lea, solicito ayuda, un retroceso en el tiempo.