1991
El tren estaba a punto de partir. Liana observó por última vez la estación y decidida se subió. Era la primera vez que salía sola del país y esperaba que este viaje a Bolivia fuera una buena experiencia. Llevaba el dinero suficiente para recorrer por tres meses algunas de las ciudades.
Sus padres no estaban muy de acuerdo con su marcha. Creían que debía enfocarse en su carrera de abogada y luego viajar por el mundo. Pero ella siempre tuvo un espíritu libre y no le importaba nada. Estaba obsesionada con la aventura.
El primer mes lo dedicó a las ciudades de las que más le habían hablado: Potosí y La Paz. Disfrutó recorriendo cada lugar, aprendiendo de esa nueva cultura tan ajena a ella. Dormía en hoteles baratos cuando no tenía ningún conocido cerca. Ella era radio aficionada y gracias a eso logró ahorrar mucho dinero, ya que muchos de sus amigos la habían invitado a quedarse en sus casas.
Su tío, quién vivía en Santa Cruz de la Sierra, la invitó a quedarse un mes con él. Lo que le pareció una idea estupenda y, sin dudarlo dos veces, se tomó un colectivo hacia la ciudad de los ricos.
Todo en ese lugar era increíble. Barrios pequeños con lujosas casas cuidadosamente decoradas. Mansiones y estancias de campo que ocupaban manzanas enteras. Autos importados. Y gente de mucho dinero.
Todo allí le llamaba la atención. Todo, incluso ese apuesto hombre con el que se había topado en una fiesta.
Werner era un hombre diez años mayor que ella. Provenía de una de las familias más importantes de Bolivia, los Cronenberg. Habían llegado allí con las primeras migraciones luego de la Segunda Guerra Mundial y se habían asentado en una colonia Alemana, que no tardó mucho en conformar otro mundo dentro del país.
En aquella fiesta, Werner no la dejó en paz ni un instante, intentó hasta lo imposible para sacarla a bailar. Y por cansancio le ganó. Así mismo, por cansancio, logró convencerla de quedarse un mes más. Y luego un año más.
Pronto se encontró viviendo junto a él en una pequeña casa amarilla. Su familia la había integrado de manera inmediata, a pesar de ser completamente diferente a todos. Él estaba encantado, no sólo por su belleza y su inteligencia, sino por lo buena cocinera que era.
Sin embargo, Liana no se sentía conforme, siempre había sido muy independiente y él no se lo permitía. Le prohibió estudiar y trabajar. Pero ella no era tan fácil de manipular y cuando lo amenazó con irse, él le regaló una perfumería. Como quien regala un ramo de flores.
No tuvo mucho éxito el nuevo negocio, pero al menos mantenía la cabeza de Liana ocupada. Y él podía dedicar su vida a la granja.
Durante los tres años que vivieron juntos él sólo tenía una condición: pasar a solas una hora por día encerrado en el baño, ya sea con sus libros o diarios. Prendía la ducha y durante 60 minutos ella hacía su vida sin molestarlo, lo que le parecía justo y lo aceptó sin chistar.
En el tiempo que vivió con él comenzó a notar cambios de actitud repentinos. Cambios de humor constantes. Y diversas secuelas que la hacían dudar de su personalidad. Pero en su inocencia, no podía sospechar lo peor.
Una tarde de invierno, la mucama se acercó a ella y le mostró un polvo blanco que había encontrado tirado en el baño. “Esto es droga señora” le dijo mientras se lo colocaba en la mano.
“¿Cómo no lo había imaginado?” se preguntaba cada día, aún así, no encontraba el momento adecuado para encarar la situación.
Cinco días después del incidente, alrededor de las tres de la tarde, ella estaba por salir a pasear por la ciudad cuando él la sujetó del brazo.
- No salgas - le dijo.
- ¿Por qué? - respondió secamente ella.
- Afuera nos están esperando para matarnos, me buscan a mí pero no van a dudar en agarrarte si tienen la oportunidad – empezó a sujetarla más fuerte, hasta que ella se logró soltar y se acercó a la ventana.
- Afuera no hay nadie. ¿De qué carajo estás hablando? – le gritó enfurecida, pero cuando quiso darse cuenta, él sostenía un arma en la mano.
- Bajá eso, por favor.
- ¡Alejate de la ventana te dije! – Liana comenzó a llorar, rogándole que dejara el arma.
Al otro día empacó sus cosas y se fue a lo de su amiga Paulina. Werner tardó cinco días en encontrarla y diez en convencerla de volver. Le juró que había sido todo un mal entendido y que no volvería a pasar. Y Liana, que tenía afinidad con los casos perdidos, aceptó volver.
Un mes después, y acompañado de constantes peleas, viajaron a Cochabamba por el fin de semana. Entre una copa y otra, terminaron en un hotel y disfrutaron aquella noche de placer. Pero las consecuencias no fueron las esperadas. Dentro de su vientre comenzaba a gestarse Juana.
Liana brillaba de la felicidad. No podía creer lo que le estaba sucediendo. Tanto tiempo intentándolo y de un momento a otro sucedió. Quizás no en la situación adecuada, pero sucedió.
En ese momento comenzó a replantearse qué hacer con su vida, y con la de su hija. No podía criar a la niña que llevaba dentro en un ambiente como ese. Pero no estaba segura de cómo proseguir. Hasta ese día en que Werner le levantó la mano en uno de sus ataques de bipolaridad. Definitivamente su hija no se criaría allí.
Nuevamente armó su bolso. Pero esta vez para no volver. Se subió a un avión Argentino y retornó a su hogar. El viaje había terminado.