De pronto siento una paz
inmensa en mi interior, algo que no sentía hace mucho tiempo. Volvieron las
ganas de escribir, de pensar tranquila, de leer, de estar sola. Necesitaba paz,
una paz que en una ciudad no se encuentra. Una paz que te da el simple hecho de
estar en un lugar en el cual el único sonido fuerte es el del viento. Un viento
incesante y penetrante. Frío por momentos, cálido en otros.
El sonido del mar, las olas
rompiendo, la arena alborotada.
Salvo por un leve sonido a
sirenas o construcciones, que afirman que se acerca el verano, el único sonido
posible e inmediato es el de los pájaros, el de las cotorras que no dejan de
hablar entre sí.
Estoy tranquila, en paz.
Una paz que extrañaba y
necesitaba para volver a ser lo que algún día fui. Que incluso a penas
recuerdo. La persona que entró en una facultad, en un mundo distinto. Me gustan
los cambios, siempre me gustaron. Pero a veces necesitas volver a ser vos misma
para entender donde estás parada y desde dónde miras el mundo.
Un mundo que ahora parece
girar sin control, sin rumbo. No sé dónde estoy ni a dónde voy, lo único que
tengo claro es de dónde vengo. No sé lo que quiero, ni ahora, ni en un futuro.
Quizás por eso necesito salir a descubrir el mundo.
Cuando le cuento a las
personas de mi viaje las reacciones posibles son dos. Algunos creen que estoy
loca, que no puedo dejar todo atrás e irme como si nada, creen que tengo
responsabilidades que no puedo dejar de cumplir, se enojan, se entristecen. Sin
embargo, hay gente que cree lo contrario, que entiende que lo necesito, que
necesito paz, lejanía, distancia. Necesito redescubrirme, conocerme y
experimentar. Necesito saber quién soy y a dónde quiero ir.
¿Miedo? Mucho. No sé lo que
realmente me espera, sólo sé que hay cosas buenas y malas, y que estoy
dispuesta a aprender de todo eso.
Probablemente extrañe,
probablemente hayan días en los que me levante y piense con mucha fuerza y
tristeza que lo único que quiero es estar segura en mi hogar, en Argentina.
Pero eso no me frena, porque si todo lo que nos da miedo nos frenara, seríamos
parte de un mundo estable, sin altibajos, sin emociones. Sin alteraciones. Y yo
no quiero ser parte de ese mundo.
Tengo miedo, a lo que viene
y a lo que viene después de lo que viene. Tengo miedo a irme y a volver. Tengo
miedo a aprender a amar tanto y tantas cosas que luego nada me complete. Tengo
miedo a no querer volver. Tengo miedo a querer volver.
Tengo muchas incertezas,
muchas preocupaciones, muchas ansiedades. Pero no la ansiedad que aflojas con
un pucho, porque ya casi no fumo. Porque fumar fue producto de una vida
acelerada, sin pausas. De una vida insana quizás, pero también hermosa y
agotadora.
Tengo miedo de repetir
viejas historias, aquellas que me prohibieron hablar de mis sentimientos. De
encontrarme nuevamente ante lo que más debilidad me produce. Tengo miedo de que
mis amigas y mi familia tengan miedo por mí y por ellos.
Tengo, también, un nudo en
la garganta que quiere desatarse, salir, gritar. Lloro por cualquier cosa,
estoy sensible al extremo, y ya no sé si soy eso o es sólo una etapa que quiero
que pase lo más rápido posible.
Pero también tengo muchas
expectativas, alegría, emoción.
Un viaje ocupa todo en mi
mente, en mi ser. Quiero salir, transformarme, resignificarme. Ser yo y ser
otros. Conocer todo. Estoy hambrienta de aprendizajes, de encuentros, de
culturas. De playas. Porque en definitiva también soy eso; un mar, a veces
calmo y sereno, a veces tormentoso.
Voy a extrañar mis rutinas,
que siempre odié, porque odio las rutinas. Pero voy a aprender a ser abierta, a
ser más desorganizada y a ser más organizada también. Voy a aprender a estar
sola entre tanta gente, entre tanto mundo. Voy a sentirme sola también y voy a
sentirme en total compañía y paz.
Es increíble pensar todo lo
que puede generarse dentro de uno mismo en tan sólo diez minutos.
Se termina el año, un año
que agradezco que se termine, un año insostenible en muchos aspectos. Pero un
año que me dejó mucho más de lo que se me hubiera ocurrido.
Espero éste nuevo año con
ansias, con ganas. Serena, tranquila, feliz.
Y sí, quizás dejo muchas
cosas atrás, pero estoy segura que nada se pierde, sino que todo se transforma.
Por otro lado, me alegra
disfrutar de esta ciudad pequeña a la que siempre consideré mi hogar. De sus
playas, que son mi lugar en el mundo y que cada día compruebo que es así. Y de
su gente, que bien o mal, son parte de mi historia.
De mi casa, que ya no es mi
casa, sino la casa de muchas almas viajeras.
La política y las ciudades
te dan cosas maravillosas, es casi inexplicable, insdescriptible. Te dan algo
que en un pueblo no encontrarías jamás, un gusto a libertad, aunque no tan
libre. Sin embargo Gesell tiene algo, algo que siempre te hace volver.