Todo eso

De pronto siento una paz inmensa en mi interior, algo que no sentía hace mucho tiempo. Volvieron las ganas de escribir, de pensar tranquila, de leer, de estar sola. Necesitaba paz, una paz que en una ciudad no se encuentra. Una paz que te da el simple hecho de estar en un lugar en el cual el único sonido fuerte es el del viento. Un viento incesante y penetrante. Frío por momentos, cálido en otros.
El sonido del mar, las olas rompiendo, la arena alborotada.
Salvo por un leve sonido a sirenas o construcciones, que afirman que se acerca el verano, el único sonido posible e inmediato es el de los pájaros, el de las cotorras que no dejan de hablar entre sí.
Estoy tranquila, en paz.
Una paz que extrañaba y necesitaba para volver a ser lo que algún día fui. Que incluso a penas recuerdo. La persona que entró en una facultad, en un mundo distinto. Me gustan los cambios, siempre me gustaron. Pero a veces necesitas volver a ser vos misma para entender donde estás parada y desde dónde miras el mundo.
Un mundo que ahora parece girar sin control, sin rumbo. No sé dónde estoy ni a dónde voy, lo único que tengo claro es de dónde vengo. No sé lo que quiero, ni ahora, ni en un futuro. Quizás por eso necesito salir a descubrir el mundo.
Cuando le cuento a las personas de mi viaje las reacciones posibles son dos. Algunos creen que estoy loca, que no puedo dejar todo atrás e irme como si nada, creen que tengo responsabilidades que no puedo dejar de cumplir, se enojan, se entristecen. Sin embargo, hay gente que cree lo contrario, que entiende que lo necesito, que necesito paz, lejanía, distancia. Necesito redescubrirme, conocerme y experimentar. Necesito saber quién soy y a dónde quiero ir.
¿Miedo? Mucho. No sé lo que realmente me espera, sólo sé que hay cosas buenas y malas, y que estoy dispuesta a aprender de todo eso.
Probablemente extrañe, probablemente hayan días en los que me levante y piense con mucha fuerza y tristeza que lo único que quiero es estar segura en mi hogar, en Argentina. Pero eso no me frena, porque si todo lo que nos da miedo nos frenara, seríamos parte de un mundo estable, sin altibajos, sin emociones. Sin alteraciones. Y yo no quiero ser parte de ese mundo.
Tengo miedo, a lo que viene y a lo que viene después de lo que viene. Tengo miedo a irme y a volver. Tengo miedo a aprender a amar tanto y tantas cosas que luego nada me complete. Tengo miedo a no querer volver. Tengo miedo a querer volver.
Tengo muchas incertezas, muchas preocupaciones, muchas ansiedades. Pero no la ansiedad que aflojas con un pucho, porque ya casi no fumo. Porque fumar fue producto de una vida acelerada, sin pausas. De una vida insana quizás, pero también hermosa y agotadora.
Tengo miedo de repetir viejas historias, aquellas que me prohibieron hablar de mis sentimientos. De encontrarme nuevamente ante lo que más debilidad me produce. Tengo miedo de que mis amigas y mi familia tengan miedo por mí y por ellos.
Tengo, también, un nudo en la garganta que quiere desatarse, salir, gritar. Lloro por cualquier cosa, estoy sensible al extremo, y ya no sé si soy eso o es sólo una etapa que quiero que pase lo más rápido posible.
Pero también tengo muchas expectativas, alegría, emoción.
Un viaje ocupa todo en mi mente, en mi ser. Quiero salir, transformarme, resignificarme. Ser yo y ser otros. Conocer todo. Estoy hambrienta de aprendizajes, de encuentros, de culturas. De playas. Porque en definitiva también soy eso; un mar, a veces calmo y sereno, a veces tormentoso.
Voy a extrañar mis rutinas, que siempre odié, porque odio las rutinas. Pero voy a aprender a ser abierta, a ser más desorganizada y a ser más organizada también. Voy a aprender a estar sola entre tanta gente, entre tanto mundo. Voy a sentirme sola también y voy a sentirme en total compañía y paz.
Es increíble pensar todo lo que puede generarse dentro de uno mismo en tan sólo diez minutos.
Se termina el año, un año que agradezco que se termine, un año insostenible en muchos aspectos. Pero un año que me dejó mucho más de lo que se me hubiera ocurrido.
Espero éste nuevo año con ansias, con ganas. Serena, tranquila, feliz.
Y sí, quizás dejo muchas cosas atrás, pero estoy segura que nada se pierde, sino que todo se transforma.
Por otro lado, me alegra disfrutar de esta ciudad pequeña a la que siempre consideré mi hogar. De sus playas, que son mi lugar en el mundo y que cada día compruebo que es así. Y de su gente, que bien o mal, son parte de mi historia.
De mi casa, que ya no es mi casa, sino la casa de muchas almas viajeras.

La política y las ciudades te dan cosas maravillosas, es casi inexplicable, insdescriptible. Te dan algo que en un pueblo no encontrarías jamás, un gusto a libertad, aunque no tan libre. Sin embargo Gesell tiene algo, algo que siempre te hace volver. 

Mujer bonita es la que lucha

Clarita es una mujer alegre, feliz. Clarita es Kirchnerista. Ella considera que no hay nada que la defina mejor, es su identidad. Ella es Kirchnerista.
Clarita sufrió mucho su vida. Tiene tres hijos. Es difícil decir quién es Clarita.
Pero Clarita es una mujer bonita.
Tiene tres hijos que sufrieron con ella. A Clarita el ex marido la golpeó durante más de diez años. Por eso es ex. Clarita aprendió que no puede sufrir por sus hijos de esa manera, que eso no es una familia, que sus hijos maman lo que ven. 
Clarita tenía una casa, chiquita, pero era suya. La perdió hace ya muchos años porque no podía costear los gastos. No tenía trabajo, era madre soltera, tenía tres hijos. Sus hijos no comían todos los días. 
Clarita pedía las sobras en los restaurantes, nunca se prostituyó y está orgullosa de eso. Pero durante un tiempo les costó vivir, fue por esos años tristes. Su hija más chica le dijo que le dolía la pancita del hambre.
Y decidió vender su casa, con pena. 
Las cosas mejoraron un poco, no mucho pues su casa no valía tanto. Clarita estaba un poco más tranquila. 
Las cosas mejoraron en los años felices, poco después del 2004. Ella votó a Néstor. Sabe que votar es importante y nada impide que cumpla su deber de ciudadana. Consiguió hacer un par de changas y se compró un terrenito.
Todavía le costaba mantenerse. Seguía siendo sola. 
Llegó la asignación, Clarita recuerda ese día como el mejor. No es mucha plata, no alcanza para mucho. Pero Clarita puede comprar leche y pan. Al menos eso no falta nunca. Ahora no. 
Clarita hoy en día trabaja en un programa del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Clarita pertenece al Ellas Hacen. Y está orgullosa de eso. 
Clarita es Misionera. Fue abandonada y adoptada. Su familia es difícil. Su vida es más que estas líneas que a duras penas cuentan quién es Clarita de verdad. Clarita es parte de un coro. Clarita es Kirchnerista.

Dejame ser

1: - Hoy vamos a hablar sobre los derechos del niño y la madre ¿Alguna quiere empezar diciendo algo?
2: - ¿No te parece que ya que todas somos madres este tema nos aburre? 
1: - Bueno, pero la idea es que podamos conversar de sus experiencias y que las madres primerizas, o nuestros propios hijos, no repitan nuestros errores.
2: - ¿Vos nos vas a contar a nosotras cómo es ser madre? ¿Tenes hijos? 
1: - Miren chicas, la idea acá no es pelear, al contrario, es aprender todos de todos. Probablemente yo no sepa un montón de cosas que ustedes sí y eso está buenísimo. Traemos temas que ustedes conocen, y otros que no, con el objetivo de que ustedes aprendan un poco de mí como yo quiero aprender de ustedes. 
2: - Ustedes, que vienen en nombre del Estado, lo único que quieren es bajarnos línea. 
1: - Es una pena que pienses eso, me parece que yo nunca las engañé, ustedes saben de dónde vengo, quién soy y por qué estoy acá. Si no te gusta el taller podes salir a comprar algo o fumarte un pucho y después volver a entrar. Yo creo que a alguna le debe interesar. 
3: - A mi me interesa el tema y creo que a las demás también. Me parece que uno de los derechos que tienen los chicos es a saber quiénes son. 


Y a 2 le gustó el tema y no sabía que ella y su hijo tenían ciertos derechos.

Ni tan distintos, ni tan iguales.

En esa habitación todos nos parecíamos. Todos estábamos por la misma causa. Creíamos en el mismo proyecto, soñábamos con las mismas cosas, pensábamos las mismas lógicas. Quizás por nuestras historias personales no éramos iguales. Pero en ese momento eso no importaba. 
En la mesa había un plano gigante. Las miradas fijas en él. El dedo de Ramiro marcaba puntos en el mapa. Había líneas de colores que proyectaban los objetivos. Cada cual tenía el suyo. Distribuir la ropa, seguir relevando las casas, armar las bolsas de comida, cocinar, entre otros.
Las ojeras eran parte del vestuario. El cansancio nos impedía continuar aquella noche. Eran alrededor de las ocho cuando decidimos sentarnos a escuchar. Las caras largas invadían el comedor pero sabíamos que esto era importante.
Entre murmullos hablaban los que no estaban al lado nuestro. Algunas risas se escuchaban a lo lejos. A lo mejor en la locura no pensábamos en lo importante que era reír y nos enojábamos. Pero pronto cambiábamos lugares y éramos nosotros quienes reían a carcajadas. Cuando nos relajábamos y parábamos un instante cualquier cosa absurda nos pintaba la cara de alegría.
Recordar se estaba volviendo costumbre. Hacíamos tantas cosas que las horas parecían días y los días semanas. Las peleas cotidianas empezaban por no saber en qué fecha vivíamos. En el barrio se perdía la noción del tiempo. Todo era eterno. Ese día especialmente.
Logré sentarme un rato y me puse a pensar. Que extraño todo lo que estaba pasando pero que bueno era estar rodeada de gente así. Militantes, compañeros, aguerridos. Me recordaban las historias que escuchaba de niña. Aquellas en las que miles de pibes desaparecieron por hacer estas mismas cosas. Por ayudar, por construir, o mejor dicho, reconstruir. 
Recordé a Rodolfo Walsh quién, en los ’70, con sus escritos quiso desmentir un año de injurias y engaños. Recordé a Vicky, su hija. Ella hacía algo parecido a lo que hacemos nosotros cotidianamente. Su primer contacto con la pobreza, por aquella contra la que combatía, fue en una villa miseria. Igual que la mía.
Pensé en Rodolfo y en su carta a las juntas. Él era periodista, igual que yo, porque aunque todavía no me recibí escribo lo que pienso y lo comparto. Ese es mi periodismo. Mi canal es la computadora, el suyo la máquina de escribir. Él dijo lo que pensaba y pagó las consecuencias. Quizás si yo hubiera vivido en esa época habría hecho lo mismo. Es posible que me hubiera tocado el mismo destino.
Pensé en Rodolfo porque así se llama la agrupación en la que estoy. Y si eligieron ese nombre, hace aproximadamente 30 años, es porque creían que los representaba. Hoy seguimos eligiendo ese nombre por la misma causa. Hoy siento que mi lucha es la misma lucha que tuvo él, que tuvo Vicky y que tuvieron miles de personas. 
Volví, por un instante, de mis pensamientos. Regresé al comedor y entendí que era el momento en el que tenía que hablar. Cerré la puerta que daba a la calle y me acerqué a la mesa. Pedí silencio y comencé a decir lo que pensaba. Les di ánimo, los reté por ser desorganizados en momentos dónde no podíamos serlo, les expliqué mis planes y cómo creía que había que organizarnos. Me puse en el papel de mala y probablemente me odiaron un rato.
Por suerte todos nos conocemos y en momentos así no juzgamos, nos arreglamos como podemos. Todos seguían mirándome pero ya no me quedaban palabras. Es difícil hablar cuando tenes un nudo en la garganta que apretas para no llorar. Todos notaron mi angustia. 
A lo lejos alguien gritó: “por la patria de los humildes”. “Viva Perón” sumó otro. Y de pronto mi cara contenía una sonrisa. Me puse a pensar nuevamente pero esta vez en esa mujer que nos inspiraba día a día. Miraba su cuadro en la pared, al lado del General. Me quedé pensando en lo que sufren los olvidados y me imaginé cómo sería si esa hermosa mujer estuviera presente, en este instante, en este momento. Por alguna razón me quedé triste con ese pensamiento. Pero pronto tuve que volver a trabajar, tal vez por eso no tuve tiempo de replantear algunas cosas.
Las cajas en la esquina. Las bolsas de comida atrás del portón. Los colchones apilados. La lavandina al lado de la puerta. Esa era la rutina: dejar todo en su sitio. Afuera una fila de una cuadra. Sólo quedaba repartir algunas cosas y nos íbamos. Salí a ver la cantidad de gente que había. Las caras contenían rabia, tristeza, desolación. Saludé a los que más conocía. Les pedí paciencia. En el fondo me llamaban. Cuando me acerqué, una señora un poco más alta que yo, de ojos pequeños y pelo largo me dijo: “gracias, Néstor estaría orgulloso”. Las lágrimas salieron por fin. La fila siguió avanzando.
Néstor, que tipazo. Ya no está, hace un poco más de dos años que no está. Cerré los ojos y se me aparecieron imágenes. Filas largas de gente, mucho más extensas que las que estaba viendo segundos atrás. Todos querían despedirse, quizás nos gusta el morbo a los argentinos históricamente. Y digo históricamente, porque vuelvo a recordar a Evita, esta vez en su funeral, multitudinario. Como el de Néstor. Quizás los argentinos somos muy pasionales y los queríamos. Los queremos todavía. Nos sentimos identificados con ellos, con sus luchas. Son la identidad de nuestra patria.
Creo que también los consideramos así por lo que pasamos. Es decir, lo que vivió nuestra argentina. No es fácil su historia. Golpes de Estado, derrocamientos, cinco presidentes en una semana, crisis. Saqueos, con Alfonsín y con de la Rúa. Cacerolazos. En fin, historias trágicas. Militantes muertos, asesinados. Eso es lo que más nos duele. 
En la dictadura desaparecieron muchos pibes como nosotros. Creíamos que, luego de terribles acontecimientos, la vuelta a la democracia significaba no sufrir más este tipo de aberraciones. Pero nos equivocamos, como otras tantas veces. 2001. “La crisis causó dos nuevas muertes” titulaban. Es triste pero el periodismo es igual de nefasto que siempre. Mienten. Nos mienten en la cara. Yo espero ser mejor que eso. 
Restaban tres personas cuando caí en la cuenta de la hora. Más de las once. El tiempo pasa lento. El trabajo de aquel día se iba terminando. Uno de los chicos pide un aplauso por la gran jornada del día. Me molesta porque todavía no cambiamos nada. Me largo a llorar desconsoladamente. Me abrazan y comprenden mi sufrimiento. A todos nos duele adentro. Es difícil de explicar. La garganta se endurece, el corazón late rápido, las lágrimas brotan alborotadas. Ahora somos dos las que lloramos. 
Nos tranquilizan, nos dan agua. Hablamos un rato de lo que nos pasa. Nos costaba ver realidades que nos excedían. Nada nos contenía. Más vasos de agua, más caras alrededor que querían saber qué pasaba en ese rincón del comedor. Me empecé a reír. Supongo que todos creyeron que estaba loca. Pero sirvió para que todos bajáramos un cambio en esa locura. Por suerte, la hora de irnos había llegado.
En el bondi de camino a casa, Bruno abrió su mochila y sacó un libro. Era una de esas ediciones de bolsillo. Parecía vieja, estaba baqueteada por el tiempo. “Para que te rías un poco”. Leí el título: “Aguafuertes porteñas” de Roberto Arlt. “¿Para que me ría?” pregunté. Su respuesta fue que lo lea simplemente.

Cuando terminé esas hojas lo comprendí. Suelo enroscarme mucho pensando en quién soy y hacia dónde voy. Con los chicos, los mismos con los que trabajé ese mes de abril, los mismos con los que vengo trabajando hace un año, siempre nos cuestionamos cuál es la identidad de nuestro grupo. Leer algo que ridiculiza todo lo que pienso y lo que creo me hizo pensar. No todo es tan serio como parece, ni todo es para tomárselo a chiste.

Mujer y Argentina

¿De qué hablamos cuando hablamos de identidad? ¿Qué define la identidad? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Bajo qué condiciones decidimos quiénes somos y qué nos forma y nos transforma? ¿Qué identidad es legal? ¿Quién soy yo?
Vivimos en un mundo en el que la identidad lo es todo, al menos, aquella que demostramos exteriormente. Sin embargo, algunos nos cansamos de mostrar lo que otros quieren ver, de decir lo que otros quieren escuchar, de ser lo que otros esperan que seamos.
Y estoy segura que no somos pocos. Y estoy segura porque lo veo en las calles, porque lo veo día a día. Porque hoy, y desde hace diez años, respiramos libertad; libertad de ser. 
Soy homosexual, soy TRANS, soy heterosexual, soy argentino, soy boliviano, soy verdulero, soy jefe, soy mujer, soy hombre, soy América, soy indígena, SOY.
Soy lo que elijo ser, soy lo que espero de mí misma. Ya no intento engañar. Hoy me siento cómoda de mostrar en lo que me convertí. Hoy me encamino hacia mi destino y pateo el futuro que no quiero. Hoy sólo yo decido cómo ser. Y sólo vos podes decidir cómo queres que te recuerden.
A veces una foto nos define, otras una canción, los más complicados tenemos libros y algunos vestidos. Pero, cualquiera que sea el canal, debemos expresar ese pedazo de vida que somos. Es necesario dejar de mirar al otro para construirnos. Sin vergüenza, sin miedo, con alegría. Porque nada grande se construye con la tristeza.
Un día un hombre dijo: “Vengo, en cambio, a proponerles un sueño: reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como Nación; vengo a proponerles un sueño que es la construcción de la verdad y la justicia; vengo a proponerles un sueño que es el de volver a tener una argentina con todos y para todos”.
Y escuchar esas palabras, hoy en día, me descoloca y me deja pensando. Y reflexiono y llego a una conclusión. Ese sueño está en proceso, se está logrando.
Veo a mi vecina de la mano con su novia caminando por la calle. Ambas llevan una sortija dorada en la mano izquierda, en el dedo anular. Ella acaricia su barriga que empieza a crecer. Hoy su identidad está con su próxima hija, que tendrá dos madres.
Veo a mis compañeros de militancia. Salen a la calle, protestan, se quejan, festejan. Gritan en contra o a favor de un gobierno que ya lleva una década, ganada diría yo, y nadie los calla. Festejan una ley constitucional que fomenta la pluralidad de voces. Hoy sus identidades se forman a partir de deseos y luchas. Son militantes. Eso son.
Veo a una presidenta mujer, veo a un presidente indígena. Entiendo una cultura latinoamericana, entiendo en qué contexto ocurren estas cosas. Entiendo una identidad Nacional, que integra a los pueblos vecinos, que comprende ese contexto e integra, integra otras identidades.
Veo a las personas paseando por la gran ciudad, con ropas de colores, con símbolos diferentes. Los veo sonrientes, los veo cansados, los veo y pienso en la historia que habrá detrás de tantas caras. Él es el jefe de una empresa multimillonaria, pero cuando llega a casa se convierte en el payaso más divertido. Ella es una mujer de negocios, que maneja revistas de moda, que les dice a las mujeres cómo deberían ser; sin embargo, cuando llega a casa llora porque no se anima a confesar que no piensa nada de eso.
Veo tantas caras, tanto futuro. Veo a la gente que sale a la calle, que golpea cacerolas de teflón, que pide libertad y la libertad es aquí y ahora. Es un diario que titula que no hay libertad de expresión y que estigmatiza a los otros, a los diferentes, a los raros.
Entonces se van formando un montón de caras largas que juzgan y critican, y por hacer eso no logran convertirse en quiénes realmente les gustaría. Porque vivimos en un mundo de apariencias. Y que, aún hoy, a pesar de leyes y papeles, seguimos pensando en lo normal.


¿Qué es normal? ¿Yo soy normal? No sé. No creo querer serlo. Sólo sé que soy mujer y argentina.

¿Para qué soy?

Aquella noche hacía frío. Ella se aseguró que los niños durmieran. Se fue sin hacer ruido. Caminó dos cuadras y se paró al lado de un viejo almacén. Un auto frenó, ella entró, pasó media hora y volvió a bajar. Ella no lo sabía. Él era portador. Volvió a su casa.

Un año después estaba por tener su tercer hijo. Le dieron la mala noticia. Debía ser una cesárea sino lo podía contagiar. Ella sólo quería lo mejor para sus hijos.

L.O.M.J.E.

"Mi nombre es Joaquín Areta, tengo ya 23 años. No estoy seguro. Quizás los cumpla mañana. Estoy en pareja con Adela, mi gran amor, mi compañera. Tengo un hijo de un año, se llama Jorge Ignacio.
Escribo para sentirme vivo, mi cuerpo no siente nada, mi mente deambula por los pasillos oscuros de este tormento. Estoy cansado pero no me rindo. Afuera me esperan, allí donde está mi futuro. O quizás ya nadie me espere, perdí la cuenta del tiempo. Acá no hay días y noches, acá sólo hay negrura: ya todo dejó de ser gris.
No quiero hablar, no dejo que las palabras se me escapen. Ni las picanas, ni los submarinos, ni los dolores logran hacer que traicione a mis compañeros. Aquellos compañeros que cayeron, más aún a los que siguen en pie. Los recuerdo a todos pero no hablo por nadie.
Los recuerdo a todos: a mi esposa, a mi hijo, a mi padre, a mi hermano. Quizás estas líneas son para ellos. Siento la necesidad de tenerlos, de protegerlos, aunque ya no puedo. 
A mi hermano lo perdí hace rato de la mano de estos falseadores y mercenarios. Se llevaron un alma noble y lo pagarán tarde o temprano. Se llevaron un alma combatiente, corajuda. Pero no lograron llevarse su esencia, que vive en mí y que vivirá en mi hijo.
Jorge, el motivo de mi lucha, a quién le debo la esperanza de un país mejor, de un mejor futuro. Jorge, quién me da energía, por quién sigo vivo. Vivo, o quizás, no muerto. Porque cierro los ojos, imagino su sonrisa y todo está bien, al menos un segundo todo está bien.
Pienso en mi padre, árbol de buena madera, que ningún hombre puede talar. Duro como el roble ya que aguanta cualquier golpe, cualquier viento. Se llevaron a sus hijos. Pero no creo que se deje vencer, no espero eso de él. Yo aprendí de él lo mejor que pudo enseñarme, no me olvido, lo recuerdo.
Y de Adela ni hablar, mi fiel compañera. Mi búsqueda incasable, mi alma gemela.
Estoy cansado y si respiro es por inercia. El cuerpo no responde. Veo un hilo de luz que se cuela por mi puerta. Alguien viene mientras escribo estas letras. Me silencio y escucho. Ruido de pasos. Gritos de perdón. Y sólo un grito que me da fuerza: ¡Libres o muertos, jamás esclavos compañeros! Se sienten murmullos, revolución. Un disparo. Un silencio ensordecedor.
Por un minuto me sentí vivo. Un valiente no calló entonces yo no dejaré de escribir. Tengo miedo pero nada puede impedir que siga luchando por mi patria, aquella que quiero como a mi propia vida, como a la vida de mi hijo. Y que si mi vida hoy tiene valor es porque todavía no pudieron sacarme, ni con golpes, ni un solo girón de traición.
Tengo 23 años, lo afirmo. Los días pasan, también pesan. Pero en la incertidumbre pienso en mi pueblo, pienso en la esperanza que queda y que llevarán como bandera muchos otros compañeros, aquellos que aún no son esclavos, aquellos que aún no fueron vencidos.
Tengo 23 años y a veces me siento de 100. Viví más de lo que muero, más de lo que escribo. Y si algún día me recuerdan que sea por haber marcado un rumbo. Sino, prefiero el olvido."


Estas líneas fueron escritas a partir de notas y artículos publicados en internet, en especial gracias al libro “Siempre tu palabra cerca” de la colección Memoria en movimiento. Muchas de las palabras utilizadas fueron pensadas a partir de los poemas de Joaquín Areta, detenido y desaparecido en junio de 1978.

Porque me enamoré

-        Él es bueno conmigo. Si me putea es porque yo me equivoqué, tiene razón con lo que me dice. Yo siempre hago las cosas mal y tiene razón cuando me pega. No es malo. Es un poco impulsivo pero siempre me pide perdón y yo lo perdono. Además están los nenes en el medio, no quiero que dejen de ver a su papá porque yo soy una boluda que hace mal las cosas. No sé por qué ustedes quieren alejarme de él, al final otra vez tuvo razón. Ustedes no me quieren ver feliz, quieren que yo me quede sola para toda la vida. Él nunca me lastimaría conscientemente, a veces se pone un poco borracho y no se da cuenta. Pero siempre me cuida y me ayuda a pagar las cosas de la casa. No se preocupen por mí, si me quieren ver feliz como dicen dejenme en paz.


Cambiamos porque crecemos

Marcos tiene nueve años, va al colegio, es rubio de ojos celestes y no le falta nada. Juan, de la misma edad, apenas tiene para comer, en su casa no hay agua ni luz, sus padres trabajan todo el día. Sólo por eso Marcos molesta a Juan todos los días. Hoy lo hizo llorar. 
La directora llama sus padres. Alicia llega, agarra a su hijo por el brazo y empieza a caminar. La directora asustada le dice que se tranquilice, tiene miedo de que cuando llegue a su casa lo cague a palos. Alicia le dice que no se preocupe (igual se preocupa). Alicia es morocha de ojos marrones.
El hijo patalea, grita, no entiende el motivo de su madre. 
Llegan, se sientan enfrentados y Alicia le da una foto. Él la mira, no entiende. "Cuando yo era chica me faltaba todo, era gorda, siempre estaba sucia, al colegio iba descalza. Hoy no le pegaste a ese chico, hace de cuenta que hoy me pegaste a mí"
El nene llora. Entiende.

¿Quién soy?

- Me llamo María y soy alcohólica
- ¡Hola María!
- Me llamo José y soy alcohólico
- ¡Hola José!
- Me llamo Julián y soy alcohólico
- ¡Hola Julián!
- Me llamo Lorena y soy alcohólica
- ¡Hola Lorena!
- Me llamo Patricio y soy un soñador que por intentar volar me encerraron. Me dijeron loco y me trajeron al hospital psiquiátrico más cercano. No soy alcohólico y no estoy loco.

- ¡Hola Patricio!

Así

Te extraño cuando te vas. Cuando te quedas. En las mañanas, en las tardes y en las noches. Con alegría, con tristeza. Con pasión, con odio, con amor. En extremo. Te extraño cuando no te extraño. Pero más cuando si.
Te extraño cuando camino. Cuando recuerdo, cuando olvido. En el enojo, en la esperanza. Despacito, profundamente. Cuando pienso, cuando no lo hago, cuando duermo. Te sueño y te extraño.
Te extraño en tu ausencia, cuando no te veo a mi lado. Extraño tu risa, tu enojo, tus ojos. Tus palabras, tus intentos de palabras. Tus mañas, tus berrinches, tus juegos.
Te extraño cuando pienso en dejarte. Más cuando quiero seguir. Menos cuando intento resignarme. Más cuando te busco en todas partes. Te extraño exageradamente, desesperadamente, locamente.
Te extraño cuando estás al lado mío. Cuando no me animo a decirte que te extraño. Cuando no encuentro las palabras y entonces no hablamos.
Extraño tu cuerpo, tus manos. Los paseos, las risas, los llantos. El esfuerzo, los momentos de paz. Te extraño porque no puede ser de otra manera.

Más te extraño cuando, en la mañana, te vas. 

Algo

Por triste que suene siempre recurro a la escritura en momentos como éste. Momentos en los que me siento sola y desesperada, porque ya no puedo dar más, no puedo esperar más.
No puedo esperar otro sol después de la tormenta porque la tormenta siempre vuelve. Porque llueve con cada viento. Porque llora el cielo como lloramos las personas, con sus razones, con sus tristezas, con su paciencia.
Despedirse es triste pero abre nuevas puertas. Despeja caminos. Despedirse es romper piedras, muchas veces grandes y estancadas. Despedirse es entender que las cosas no siempre tienen que salir bien y tener finales felices.
Es triste dejar atrás momentos, historias, pasiones. Es triste perderse en el camino y no saber hacia que lado doblar. Por suerte, cada camino tiene nuevas sorpresas y aventuras esperando.
Yo estoy lista para seguir por algún camino, dejando atrás lo malo. Estoy lista para aceptar que no puedo seguir pidiendo y pidiendo por cosas que nunca llegan. Y no llegan porque no tienen que llegar.
Y esperar no es bueno.
El que espera se queda anclado, atrapado en un sinfín de sensaciones. Buenas, malas, profundas, volátiles.
Hay muchos mundos por descubrir, muchas personas con sus propios mundos esperando a la vuelta de la esquina. Ya no puedo estar parada dando vueltas sobre el lugar intentando adivinar hacia donde caminar. Hoy tomé esa decisión: empezar a caminar. No importa dónde, ni cómo, ni por qué.

Quiero aprender a disfrutar el camino y no el destino. Porque la vida se trata de eso, de vivir y disfrutar. No estancarse.