"Mi nombre es Joaquín
Areta, tengo ya 23 años. No estoy seguro. Quizás los cumpla mañana.
Estoy en pareja con Adela, mi gran amor, mi compañera. Tengo un hijo de un
año, se llama Jorge Ignacio.
Escribo para sentirme vivo,
mi cuerpo no siente nada, mi mente deambula por los pasillos oscuros de este
tormento. Estoy cansado pero no me rindo. Afuera me esperan, allí donde está mi
futuro. O quizás ya nadie me espere, perdí la cuenta del tiempo. Acá no hay
días y noches, acá sólo hay negrura: ya todo dejó de ser gris.
No quiero hablar, no dejo
que las palabras se me escapen. Ni las picanas, ni los submarinos, ni los
dolores logran hacer que traicione a mis compañeros. Aquellos compañeros que
cayeron, más aún a los que siguen en pie. Los recuerdo a todos pero no hablo
por nadie.
Los recuerdo a todos: a mi
esposa, a mi hijo, a mi padre, a mi hermano. Quizás estas líneas son para
ellos. Siento la necesidad de tenerlos, de protegerlos, aunque ya no
puedo.
A mi hermano lo perdí hace
rato de la mano de estos falseadores y mercenarios. Se llevaron un alma noble y
lo pagarán tarde o temprano. Se llevaron un alma combatiente, corajuda. Pero no
lograron llevarse su esencia, que vive en mí y que vivirá en mi hijo.
Jorge, el motivo de mi
lucha, a quién le debo la esperanza de un país mejor, de un mejor futuro.
Jorge, quién me da energía, por quién sigo vivo. Vivo, o quizás, no muerto.
Porque cierro los ojos, imagino su sonrisa y todo está bien, al menos un
segundo todo está bien.
Pienso en mi padre, árbol de
buena madera, que ningún hombre puede talar. Duro como el roble ya que aguanta
cualquier golpe, cualquier viento. Se llevaron a sus hijos. Pero no creo que se
deje vencer, no espero eso de él. Yo aprendí de él lo mejor que pudo enseñarme,
no me olvido, lo recuerdo.
Y de Adela ni hablar, mi
fiel compañera. Mi búsqueda incasable, mi alma gemela.
Estoy cansado y si respiro
es por inercia. El cuerpo no responde. Veo un hilo de luz que se cuela por mi
puerta. Alguien viene mientras escribo estas letras. Me silencio y escucho.
Ruido de pasos. Gritos de perdón. Y sólo un grito que me da fuerza: ¡Libres o
muertos, jamás esclavos compañeros! Se sienten murmullos, revolución. Un
disparo. Un silencio ensordecedor.
Por un minuto me sentí vivo.
Un valiente no calló entonces yo no dejaré de escribir. Tengo miedo pero nada
puede impedir que siga luchando por mi patria, aquella que quiero como a mi
propia vida, como a la vida de mi hijo. Y que si mi vida hoy tiene valor es
porque todavía no pudieron sacarme, ni con golpes, ni un solo girón de
traición.
Tengo 23 años, lo afirmo.
Los días pasan, también pesan. Pero en la incertidumbre pienso en mi pueblo,
pienso en la esperanza que queda y que llevarán como bandera muchos otros
compañeros, aquellos que aún no son esclavos, aquellos que aún no fueron
vencidos.
Tengo 23 años y a veces me
siento de 100. Viví más de lo que muero, más de lo que escribo. Y si algún día
me recuerdan que sea por haber marcado un rumbo. Sino, prefiero el
olvido."
Estas líneas fueron escritas
a partir de notas y artículos publicados en internet, en especial gracias al
libro “Siempre tu palabra cerca” de la colección Memoria en movimiento. Muchas
de las palabras utilizadas fueron pensadas a partir de los poemas de Joaquín
Areta, detenido y desaparecido en junio de 1978.
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