Ni tan distintos, ni tan iguales.

En esa habitación todos nos parecíamos. Todos estábamos por la misma causa. Creíamos en el mismo proyecto, soñábamos con las mismas cosas, pensábamos las mismas lógicas. Quizás por nuestras historias personales no éramos iguales. Pero en ese momento eso no importaba. 
En la mesa había un plano gigante. Las miradas fijas en él. El dedo de Ramiro marcaba puntos en el mapa. Había líneas de colores que proyectaban los objetivos. Cada cual tenía el suyo. Distribuir la ropa, seguir relevando las casas, armar las bolsas de comida, cocinar, entre otros.
Las ojeras eran parte del vestuario. El cansancio nos impedía continuar aquella noche. Eran alrededor de las ocho cuando decidimos sentarnos a escuchar. Las caras largas invadían el comedor pero sabíamos que esto era importante.
Entre murmullos hablaban los que no estaban al lado nuestro. Algunas risas se escuchaban a lo lejos. A lo mejor en la locura no pensábamos en lo importante que era reír y nos enojábamos. Pero pronto cambiábamos lugares y éramos nosotros quienes reían a carcajadas. Cuando nos relajábamos y parábamos un instante cualquier cosa absurda nos pintaba la cara de alegría.
Recordar se estaba volviendo costumbre. Hacíamos tantas cosas que las horas parecían días y los días semanas. Las peleas cotidianas empezaban por no saber en qué fecha vivíamos. En el barrio se perdía la noción del tiempo. Todo era eterno. Ese día especialmente.
Logré sentarme un rato y me puse a pensar. Que extraño todo lo que estaba pasando pero que bueno era estar rodeada de gente así. Militantes, compañeros, aguerridos. Me recordaban las historias que escuchaba de niña. Aquellas en las que miles de pibes desaparecieron por hacer estas mismas cosas. Por ayudar, por construir, o mejor dicho, reconstruir. 
Recordé a Rodolfo Walsh quién, en los ’70, con sus escritos quiso desmentir un año de injurias y engaños. Recordé a Vicky, su hija. Ella hacía algo parecido a lo que hacemos nosotros cotidianamente. Su primer contacto con la pobreza, por aquella contra la que combatía, fue en una villa miseria. Igual que la mía.
Pensé en Rodolfo y en su carta a las juntas. Él era periodista, igual que yo, porque aunque todavía no me recibí escribo lo que pienso y lo comparto. Ese es mi periodismo. Mi canal es la computadora, el suyo la máquina de escribir. Él dijo lo que pensaba y pagó las consecuencias. Quizás si yo hubiera vivido en esa época habría hecho lo mismo. Es posible que me hubiera tocado el mismo destino.
Pensé en Rodolfo porque así se llama la agrupación en la que estoy. Y si eligieron ese nombre, hace aproximadamente 30 años, es porque creían que los representaba. Hoy seguimos eligiendo ese nombre por la misma causa. Hoy siento que mi lucha es la misma lucha que tuvo él, que tuvo Vicky y que tuvieron miles de personas. 
Volví, por un instante, de mis pensamientos. Regresé al comedor y entendí que era el momento en el que tenía que hablar. Cerré la puerta que daba a la calle y me acerqué a la mesa. Pedí silencio y comencé a decir lo que pensaba. Les di ánimo, los reté por ser desorganizados en momentos dónde no podíamos serlo, les expliqué mis planes y cómo creía que había que organizarnos. Me puse en el papel de mala y probablemente me odiaron un rato.
Por suerte todos nos conocemos y en momentos así no juzgamos, nos arreglamos como podemos. Todos seguían mirándome pero ya no me quedaban palabras. Es difícil hablar cuando tenes un nudo en la garganta que apretas para no llorar. Todos notaron mi angustia. 
A lo lejos alguien gritó: “por la patria de los humildes”. “Viva Perón” sumó otro. Y de pronto mi cara contenía una sonrisa. Me puse a pensar nuevamente pero esta vez en esa mujer que nos inspiraba día a día. Miraba su cuadro en la pared, al lado del General. Me quedé pensando en lo que sufren los olvidados y me imaginé cómo sería si esa hermosa mujer estuviera presente, en este instante, en este momento. Por alguna razón me quedé triste con ese pensamiento. Pero pronto tuve que volver a trabajar, tal vez por eso no tuve tiempo de replantear algunas cosas.
Las cajas en la esquina. Las bolsas de comida atrás del portón. Los colchones apilados. La lavandina al lado de la puerta. Esa era la rutina: dejar todo en su sitio. Afuera una fila de una cuadra. Sólo quedaba repartir algunas cosas y nos íbamos. Salí a ver la cantidad de gente que había. Las caras contenían rabia, tristeza, desolación. Saludé a los que más conocía. Les pedí paciencia. En el fondo me llamaban. Cuando me acerqué, una señora un poco más alta que yo, de ojos pequeños y pelo largo me dijo: “gracias, Néstor estaría orgulloso”. Las lágrimas salieron por fin. La fila siguió avanzando.
Néstor, que tipazo. Ya no está, hace un poco más de dos años que no está. Cerré los ojos y se me aparecieron imágenes. Filas largas de gente, mucho más extensas que las que estaba viendo segundos atrás. Todos querían despedirse, quizás nos gusta el morbo a los argentinos históricamente. Y digo históricamente, porque vuelvo a recordar a Evita, esta vez en su funeral, multitudinario. Como el de Néstor. Quizás los argentinos somos muy pasionales y los queríamos. Los queremos todavía. Nos sentimos identificados con ellos, con sus luchas. Son la identidad de nuestra patria.
Creo que también los consideramos así por lo que pasamos. Es decir, lo que vivió nuestra argentina. No es fácil su historia. Golpes de Estado, derrocamientos, cinco presidentes en una semana, crisis. Saqueos, con Alfonsín y con de la Rúa. Cacerolazos. En fin, historias trágicas. Militantes muertos, asesinados. Eso es lo que más nos duele. 
En la dictadura desaparecieron muchos pibes como nosotros. Creíamos que, luego de terribles acontecimientos, la vuelta a la democracia significaba no sufrir más este tipo de aberraciones. Pero nos equivocamos, como otras tantas veces. 2001. “La crisis causó dos nuevas muertes” titulaban. Es triste pero el periodismo es igual de nefasto que siempre. Mienten. Nos mienten en la cara. Yo espero ser mejor que eso. 
Restaban tres personas cuando caí en la cuenta de la hora. Más de las once. El tiempo pasa lento. El trabajo de aquel día se iba terminando. Uno de los chicos pide un aplauso por la gran jornada del día. Me molesta porque todavía no cambiamos nada. Me largo a llorar desconsoladamente. Me abrazan y comprenden mi sufrimiento. A todos nos duele adentro. Es difícil de explicar. La garganta se endurece, el corazón late rápido, las lágrimas brotan alborotadas. Ahora somos dos las que lloramos. 
Nos tranquilizan, nos dan agua. Hablamos un rato de lo que nos pasa. Nos costaba ver realidades que nos excedían. Nada nos contenía. Más vasos de agua, más caras alrededor que querían saber qué pasaba en ese rincón del comedor. Me empecé a reír. Supongo que todos creyeron que estaba loca. Pero sirvió para que todos bajáramos un cambio en esa locura. Por suerte, la hora de irnos había llegado.
En el bondi de camino a casa, Bruno abrió su mochila y sacó un libro. Era una de esas ediciones de bolsillo. Parecía vieja, estaba baqueteada por el tiempo. “Para que te rías un poco”. Leí el título: “Aguafuertes porteñas” de Roberto Arlt. “¿Para que me ría?” pregunté. Su respuesta fue que lo lea simplemente.

Cuando terminé esas hojas lo comprendí. Suelo enroscarme mucho pensando en quién soy y hacia dónde voy. Con los chicos, los mismos con los que trabajé ese mes de abril, los mismos con los que vengo trabajando hace un año, siempre nos cuestionamos cuál es la identidad de nuestro grupo. Leer algo que ridiculiza todo lo que pienso y lo que creo me hizo pensar. No todo es tan serio como parece, ni todo es para tomárselo a chiste.

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