El abogado
Julia conoció a Marco en la fiesta que hizo en su casa el pasado Halloween. Parecía un tipo agradable, de unos 40 años de edad... el doble que ella; esa noche no tuvieron mucha relación pero aún así lo agregó a facebook. Pasaron dos meses y nunca habían mantenido una conversación más larga que un “hola y chau”.
El 15 de diciembre, él le habló y la invitó a cenar. A Julia le pareció una idea interesante, un tipo formado, un abogado importante, con mucho dinero. Sin pensarlo dos veces aceptó la invitación. Él insistió en llevar a cabo la cena ese mismo día, pero ella no quería.
A las ocho de la noche, mientras miraba una película acostada en su habitación, tocaron timbre. Contestó su padre, un hombre de 65 años muy simpático. Era Marco, que la había ido a buscar para salir a cenar.
Cuando José subió para avisarle a Julia que la estaban esperando ella se sobresaltó. Le había dejado en claro que no quería saber nada y su look desprolijo lo demostraba. Antes de una cita se pasaba dos horas frente al espejo y elegía con mucho cuidado el atuendo.
Como le preocupaba el hecho de que su padre y él charlaran mucho se apresuró a cambiarse y arreglarse. Se dirigió al living y despidió a todos con una sonrisa. Agarró del brazo a Marco y salieron.
Se subieron a su Audi A3 y dieron comienzo una cita que sería la peor de su vida. Por lo general, cuando alguien la invitaba a cenar la llevaba a lugares como “Le monde”, “Amore”, o algún lugar de la alta sociedad. Sin embargo, ésta fue la excepción.
La cena fue en el departamento de él. Un lugar ambientado armoniosamente, muy lujoso y con mucho estilo. Fue un comienzo tranquilo, aunque muy elaborado para su gusto... Prendió velas, ambientó el comedor y puso una película romántica, al mejor estilo cena cliché.
Luego de comer, y hablar un rato sobre negocios, o mejor dicho, luego de escucharlo una hora hablar, recogieron la mesa y él se dirigió al baño. Nada anormal, hasta que Julia descubrió que se había ido a lavar los dientes y, lo que era aún peor, de una caja sacó un pequeño cepillo de viaje y se lo ofreció. Le resultó un poco ridículo que alguien tuviera guardado en su placard cepillos de dientes en miniatura y hasta le causó gracia la idea de tener que ir a lavarse los dientes. Pero lo hizo, luego le dijo “debería ponerle mi nombre así no se lo prestas a otra” y sonrió con amargura.
Él la invitó a pasar a su habitación, bajó las luces y le preguntó si quería escuchar música. Ni bien asintió, abrió un placard en donde tenía al menos 200 cd’s y eligió el que le pareció más apropiado. Un compilado que iba desde temas de Arjona hasta Los Nocheros. “¿Qué más da?” pensó ella, “peor no se puede poner”.
Antes de comenzar a desvestirla sacó de su billetera un preservativo y lo dejó de manera prolija al lado de la cama. Ella se comenzaba a sentir incómoda, sin embargo ya estaba allí y no podría irse tan fácilmente.
Comenzaron a tener relaciones de una manera muy tierna. Ella no disfrutaba la situación, no la estaba pasando bien. Pero trató de tomar las riendas del momento. Se subió encima de él y luego de tres minutos él le avisó que iba a acabar.
Su cara de espanto debió haber sido increíble, porque cuando él estuvo fuera de su cuerpo y la miró le preguntó si se sentía bien. “Si” respondió, y se quedó tendida sobre la cama mientras miraba el techo.
Él le ofreció algo para beber y, como ella aceptó, se fue hacia la cocina y regresó con una bandeja de plata y tazas de porcelana. El contenido no era para nada agradable. Era una especie de té helado traído de algún país cuyo nombre no recordaba y que era afrodisíaco. Le pareció bastante excéntrico y prefirió no tomarlo.
Como si la noche no hubiera sido suficientemente rara, cada vez que él se acercaba a ella le olía el cabello y le decía lo dulce que sabía. Llegado un punto comenzó a asustarse de lo que estaba ocurriendo pero intentó mostrarse íntegra. Le dijo que se sentía un poco mal y que quería irse a dormir. Él la comprendió y le dijo que la esperara un momento que tenía un regalo para ella. Las sorpresas no paraban.
Le acercó tres cajas. En la primera había un par de zapatos, talle 36, de Michael Kors. En la segunda, un vestido Coco Chanel negro. Y en el último golosinas traídas de diversos países y una carta que le pidió que leyera cuando estuviera sola.
Una vez en su casa, y todavía atontada por toda la situación, comenzó a leer la carta. Ésta era una declaración de amor, en la que describía cada movimiento que había hecho Julia los últimos dos meses. Eso realmente la atormentó... no podía creer lo que estaba pasando. Lo primero que hizo fue eliminarlo de facebook y contarle a sus padres todo lo sucedido.
Tres meses después del incidente, como no le había vuelto a hablar y no lo había visto más, creyó que todo estaba resuelto. Pero el 15 de marzo un sobre con su nombre resbaló por la puerta de su casa. Cuando lo abrió vio una foto de ella mientras paseaba a su perro, otra en un boliche, otra en su habitación y así 50 fotos más. Y una nota que rezaba “¿Te gustaría salir a caminar?”
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