Aquí estoy, parado, mirando lo que queda. Debo ser la única persona en el mundo que recuerda lo que había antes, porque si hay alguien más parece no importarle.
Mi nombre es Lisandro Amado y tengo 94 años, espero que aquella persona que encuentre mi carta pueda cambiar la situación. Las cosas se salieron de control, la sociedad no estaba preparada para esto.
Hace cincuenta años yo era el Vicepresidente de Argentina. En una reunión de la ONU que se dio en Washington se acordó que se lanzaría un nuevo proyecto de gobierno en todos los países. Éste proyecto era llamado Comunidades Unidas Por El Consumo (CUPEC). Era una mezcla entre el capitalismo y el comunismo.
A pesar de muchos desacuerdos, llegó el momento de votar y el plan se puso en marcha. Las ideas pautadas eran ingeniosas, innovadoras y a prueba de fallas. O eso creíamos.
Buscábamos la paz y la unión de los pueblos. Por lo que decidimos utilizar todos los materiales para armamentos en tecnologías. Desarmamos tanques, que eran autos gigantes de acero destinados a matar básicamente. Desarmamos armas, instrumentos también utilizados para la eliminación del hombre. Y muchas otras cosas que por decisión unánime consideramos que no servirían más.
Con todo el material y de la mano de muchos ingenieros logramos crear un mundo donde no era necesario trabajar. Solo consumir. A grandes rasgos, la gente no hacía nada y tenía todo.
Creamos los robots y las máquinas que hacen absolutamente todo por nosotros. Ya no era necesario cocinar, porque había algo que lo hacía por vos. No era necesario robar, porque ibas y buscabas lo que necesitabas en el supermercado o en el lugar que sea.
El primer año del CUPEC fue un caos. Aunque estaba previsto, llegamos a asustarnos. La gente se llevaba en cantidades inexplicables cosas inservibles por el solo hecho de que eran gratuitas. Muchos abandonaron el colegio o sus trabajos para viajar por el mundo. Otros se dedicaron al alcohol, a las drogas, a las prostitutas gratuitas y a los juegos, en dónde apostaban yates o casas que no tenían, pero que fácilmente conseguirían.
Fue una incoherencia, el hombre era insaciable, llegamos a creer que el plan había fallado completamente. Pero pasado el primer año la gente comenzó a comprender la idea. Con más tiempo libre y sin tener que estudiar algo que te dé un trabajo a futuro, la gente comenzó a educarse con lo que realmente les gustaba.
Comenzamos a tener historiadores, músicos, artistas de todo tipo. Cada cual hacia lo que le daba placer. Los supermercados y locales de ropa comenzaron a trabajar con un stock de cosas por día que bastaba para satisfacer las necesidades de todos.
Sin embargo, el auge del proyecto fue diez años después. El mundo estaba en estado perfecto. Ni siquiera el paraíso se asemejaba a lo que vieron mis ojos. Había paz en la tierra, no existía la discriminación, éramos todos iguales.
Llegamos a pensar que habíamos cambiado el ciclo de la historia. Que por primera vez en la memoria del hombre iba a existir un comunismo puro. No había monedas, ni culturas, ni idiomas que nos diferencien. De pronto todos sabíamos hasta seis idiomas. Todos teníamos conocimientos absolutos, porque nos dedicábamos a eso, a disfrutar estudiando lo que queríamos.
Pero de repente la situación cambió. Las nuevas generaciones, que no tenían la cultura del estudio de las épocas anteriores, comenzaron a desvirtuar el proceso.
En un lapso de diez años la gente comenzó a abandonar sus estudios. Dejaron de interesarse por todo aquello que en algún momento los había motivado. Ponían excusas como “para que voy a estudiar ahora si lo puedo hacer mañana”.
De un minuto a otro, la vida social era lo único que importaba. Las personas se comportaban de la misma manera que antes pero ahora las exclusiones no iban de la mano con la economía o el estrato social, sino de cómo dedicaban su tiempo.
Hoy, desde hace más o menos 20 años, los ignorantes, aquellas personas que no estudian y se la pasan de jolgorio, se ríen de aquellos que quieren formarse. Y el saber pierde el valor.
Y me remonta a la situación que estoy mirando. Un aula vacía, llena de polvo y arruinada por el paso del tiempo. Un robot oxidado preparado para enseñar. Y nadie dispuesto. A quién me lea, solicito ayuda, un retroceso en el tiempo.