Momento en el que mi cabeza no deja de maquinar. Reviso paso por paso la situación, las circunstancias, las decisiones tomadas, las palabras dichas. Momento de pensar en el otro. Momento de entender, aceptar y querer cambiar la realidad.
Llego a mi casa, después de una jornada intensa en el barrio y le empiezo a contar mis últimos dos días a mi vieja. Siento que pasaron dos semanas pero solo son dos días. Mi cabeza explota, se refleja en mis lágrimas. Me largo a llorar de manera imparable. Y de pronto me empiezo a reír. Me siento una desquiciada.
Analizo mi llanto y sé que es una mezcla de sentimientos incurables. Me siento impotente de lo que pasa a mi alrededor, pero orgullosa de todo lo que hago y de todo lo que hacen mis compañeros. Siento que puedo dar más, me sobre exijo y caigo en la cuenta de que soy humana y no puedo. Me sigo sobre exigiendo, caigo rendida y las lágrimas no paran otra vez. Me siento feliz, la solidaridad existe, y lo mejor, existe en el vecino, en el compañero de trabajo, en la chica de la esquina, en el nene de doce años que prepara las bolsas de alimento. Me siento triste, que injusto es todo a veces. Me siento enojada, son circunstancias extremas, es un desastre natural. Me siento con fuerzas, que todavía no sé de dónde salen, porque duermo poco, como poco y pienso mucho.
No resisto y sigo llorando, pero ya no me molesta, es mi forma de sacar del cuerpo todo lo malo. Sumerjo mis pies en agua caliente y sal, me siento una vieja. Me relajo. Después de un chocolate la situación cambia. Decido reponerme y mirar hacia adelante, ya voy a tener tiempo para descansar, cuando haya más gente que pueda dormir en su propio colchón. Escribo, para terminar de sacar de adentro toda la mierda.
Me sumerjo en un sueño profundo, o al menos sueño despierta con aquel sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario