Es extraño bajar diez cambios y observar. Creo que mucha
gente no está tomando conciencia de todo lo que esta haciendo, de la situación
que nos rodea. Miro con atención a mí alrededor, a las redes sociales, a los
barrios. Dos palabras se me vienen a la mente: Crisis y solidaridad. Y van de
la mano, bien acompañadas.
Me voy a centrar en lo que yo viví, y estoy segura que más
de uno se va a sentir identificado en cada situación.
‘Que linda y que triste que esta mi Argentina’
Miércoles 3 de abril, un día después del temporal, cerca de
las seis de la tarde decido ir a visitar a mi tía. En casa no hay luz ni agua
desde ayer, por suerte son pocas las goteras y lo único que pierdo es el
teclado de la computadora. Estoy sin batería en el celular. Las 20 cuadras que
camino son tranquilas, no hay ningún indicio de lo sucedido la noche anterior.
Prendo el noticiero: 48 muertos, 400 desaparecidos, 2.000
evacuados. ¿Qué pasó? Me siento desconectada del mundo, no puedo creer lo que
esta pasando. Desde mi cama calentita no parecía tan grave la tormenta. Me
quedo sorprendida un rato, pensando. ¿Cómo seguimos?
Decido pasar a saludar a un gran amigo que no veía hace
tiempo, por suerte vive cerca. Hablamos un poco de política, un poco de la
vida, nos quejamos también. Y a las doce de la noche lo llaman por teléfono. En
la facultad de periodismo y comunicación social hay cerca de 50 evacuados y ya
se están recibiendo donaciones desde distintos puntos del país. Necesitan ayuda
para descargar camiones. Vamos.
Me acerco al aula de audio, hay mucha gente acomodando ropa
en distintas pilas, me ofrezco a ayudar. A las dos de la mañana, otro camión
llega. Más bolsas para acomodar. Más trabajo. Son tres y media de la mañana. Me
encuentro en un círculo de pupitres, tomando mates con varios compañeros.
¿Quién iba a pensar que mi noche iba a terminar así?
Hora de dormir, mañana a las ocho nos encontramos de nuevo
en la facultad.
Jueves 4 de abril. Solo dormí tres horas pero tengo energías
de sobra. Me acerco a la facultad y pregunto si necesitan una mano. Me pongo a
seleccionar ropa.
A la dos de la tarde no quiero ver más tela, salgo a
respirar y a comer algo. Me doy cuenta la cantidad de gente que apareció de
repente. Veo dos pasamanos simultáneos. Escucho a lo lejos una canción, que no
logró entender el por qué pero moviliza y revitaliza a todos. ‘Vengo bancando
este proyecto, proyecto Nacional y Popular, te juro que en los malos momentos,
los pibes siempre vamos a estar’.
Se me infla el pecho de orgullo, sin saber que esto apenas
empieza y no es ni una cuarta parte de todo lo que voy a vivir durante las
próximas dos semanas.
Me llaman mis compañeros Jeianos, vamos a ir al barrio San
Carlos, vamos a tratar de ayudar. Pero algo, muy en el fondo, me dice que tengo
que estar en la facultad. Entonces decido ir al barrio un rato para luego
volver.
El barrio esta triste, se nota en las caras de los vecinos.
Se refleja en la cara de Lucre, de Nico, de Angelita que llega a último
momento. La gente esta desesperada, necesita ayuda inmediata, no podemos pensar
más. Vamos casa por casa preguntando que necesitan, ofrecemos una mano, les
pedimos que divulguen la noticia: Mañana el comedor Virgen de Luján va a estar
repartiendo donaciones para todos los afectados. Los prevenimos, les comentamos
las medidas sanitarias, les pedimos ayuda.
Luego de decidir con mis compañeros cómo seguir, nos ponemos
en marcha. Cada quién a su casa, menos Seba y yo. Nos dirigimos a la facu.
Empieza el papeleo para conseguir un poco de ayuda para el
barrio. Continúan los llamados de solidaridad por las redes sociales. Ofrezco
una mano en la sección comida y pronto estoy pelando papas con un cuchillo
desafilado.
Converso con gente de distintos lados, hay un compañero de La Cámpora , otro de la JP , una chica de Capital, entre
otros. Pasamos unas horas dentro de la cocina, es decir, del aula continua a
intendencia dónde han colocado un mechero con una garrafa y una gran olla.
Muchos paquetes de arroz rodean el espacio. Sale olla popular.
Me divierto planeando cómo vamos a entregar la comida.
Decido sentarme y un compañero se me acerca. Me abraza, me hace unos mimos y me
doy cuenta la falta que me hace el cariño. Una simple caricia cambia el
panorama completamente. Me empiezo a dar cuenta de lo que estoy viviendo. Cada
vez más arrinconada porque no queda más espacio para las donaciones. Rodeada de
tanta gente inmersa en mil preocupaciones, que duerme poco y come mal, igual
que yo, pero aceleradas. Yo bajo un cambio y los músculos empiezan a aflojar.
Resisto. Sigo planeando cómo repartir la comida.
Con órdenes de arriba (si se quiere) servimos la comida a
las doce. De repente llega otra orden contradictoria y debemos cortar el
laburo. Hay gente enojada, cansada, que durmió tres horas y con hambre.
Decidimos seguir dando la comida a pesar de todo. Son humanos, no podemos
negarles comida. Nos vuelven a retar, otra vez la misma situación. Media hora
después, seguimos repartiendo la comida.
Dos y media de la mañana, sigo dando vueltas en la facultad.
No estoy cansada, pero mañana será un día duro.
Viernes 5 de abril. Llegamos temprano al barrio. Voy
caminando atrás, un poco alejada mientras todos hablan de la vida. Miro hacia
el costado, y ahí está el arroyo el Gato que pasa por debajo del puente que
estoy atravesando y que corre libre por varias cuadras. Siempre lo vi sucio,
pero esta vez me apenó mucho más. Esta vez la mugre llegó hasta la punta de los
árboles (literal). Veo varios de ellos decorados con bolsas manchadas o papeles
rotos.
Siento que el aire que respiro no es puro, nunca lo fue,
ahora menos. Y los yuyos parecen arrasados, todos inclinados hacia un mismo
costado.
La gente nos ve llegar, cierta chispa de esperanza se
refleja en algunos rostros. Veo a los niños a lo lejos, los conozco tanto, los
quiero tanto. Siento pena en el alma, pero no lo demuestro. Hay que ser fuerte.
Me siento feliz, estoy ayudando como puedo.
Son cerca de las cuatro de la tarde, algunos de los chicos
se habían ido a pedir donaciones, no damos abasto con lo que tenemos.
De pronto veo aproximadamente diez camiones y autos
dirigiéndose hacia nosotros (aunque no estoy segura si eran tantos, la euforia
no me deja recordar). No lo puedo creer. Se me dibuja una sonrisa inmensa en la
cara. Los chicos de La Plata Rugby
nos dan una donación inmensa. Les agradezco como puedo, todos lo hacemos.
Estamos emocionados, quiero llorar de felicidad. Pienso en todos los vecinos
que van a poder comer y abrigarse esta noche.
La gente pasa de a dos o tres al comedor, les damos una muda
de ropa (abrigos en especial), un poco de alimento, lavandina y agua. Agradecen
(la mayoría) y se van.
Por allá se acerca un viejito que hace dos noches duerme en
el piso, se queda hablando con los chicos. Luego llega el rumor de una
conversación.
- En la inundación perdí todo – asegura con tristeza el
viejito
- Que viejo mentiroso que sos, si no tenías nada – dice
entre risas Lucre
Todos se ríen. Todos nos reímos. Creo que se aprende a
valorar todo un poco más desde esta perspectiva.
De repente un momento desesperante, un niño de diez años (imagino),
nos cuenta que perdió a sus padres en la inundación y que esta solo con su
hermanito menor. Una compañera lo sienta sobre la mesa y comienza a preguntarle
cosas. Otro compañero toma la decisión de ir hasta la casa del niño a buscar a
su hermanito, quién estaba solo y hasta llegó a cruzarse por su mente llevarse
a los niños a vivir con él. Preocupación, nervios, desesperación. Son menores
los dos.
Pasa un rato, vuelve mi compañera, le pregunto que pasó y
comienza a reír. ‘Era un chiste’. Me enojo, quiero retar al nene, quiero
decirle que lo que hizo está mal. Mi compañera me tranquiliza y se pone seria
por un instante. ‘Por suerte era un chiste, si hubiera sido verdad estaríamos
en algo muy complejo, habría que llamar al juzgado de menores, entre otras
cosas’. Reflexiono, que real. Que angustia, enojo e impotencia. Podría haber
sido verdad, que suerte que no lo fue.
Ya es tarde y todos estamos cansados. Voy hasta la facu a
ver cómo sigue todo, ya hay cerca de 1.000 compañeros laburando. Las canciones
siguen: ‘Cuando bajaste los cuadros, todo empezó a cambiar’. Me acerco
tarareando la canción al espacio del centro de estudiantes.
Están en un plenario, me invitan a pasar. Se les nota en los
ojos el cansancio y la impotencia. Algunos se largan a llorar, me agarra
angustia. Las palabras de aliento y de enojo se disparan para todos lados. Si
antes me gustaban como equipo, ahora perdí las palabras para decir lo que
pienso de ellos.
Comienzan a hablar del trabajo de barrio que iban a hacer el
día siguiente. Algo me hizo clic en la cabeza. Todo aquello que nombran o
describen, todo eso que van a hacer al día siguiente, es un proceso que yo ya
había vivido. Y que alguien lo relate, tal cual te pasó a vos, te hace pensar.
Y mi mente empezó a funcionar más rápido de lo que debería.
Llego a casa, cansada y con hambre. Mi madre me espera con
un plato de comida. Me cuesta tragar, ella lo nota y me pregunta si estoy bien.
Le digo que si, muy a mi pesar, y me largo a llorar. La
situación me supera, me desborda completamente. Siento una carga en la
garganta, otra en el pecho y otra, como si fuera una puntada, en la cabeza. Me
puse en la espalda una mochila difícil de cargar y soy más frágil de lo que
pensaba.
El cansancio mental supera al físico.
Lloro hasta no poder más, le cuento mis últimos días a ella,
que siempre me escucha y llora conmigo. Le cuento mis angustias. Me duele no
poder hacer más, pero a la vez no hay mucho más que yo pueda hacer.
Me hace unos mimos, vuelvo a darme cuenta lo difícil que es
luchar sin alguien que te mime al lado. Esos mimos dan ánimos para seguir.
Lloro hasta quedarme dormida.
Sábado 6 de abril. Estoy susceptible, cansada, sin ganas de
hacer mucho. Sin embargo me levanto para seguir ayudando a quienes lo necesitan.
Un mensaje me molesta, ya empecé mal el día.
Todos notan mi cansancio, mi enojo, mi tristeza. Trato de
evitar el tema y arrancar para el barrio. Me preguntan si estoy bien, mi
respuesta es siempre la misma: ‘Estoy desbordada, me superó la situación, estoy
feliz y triste al mismo tiempo’. Todos entienden.
No puedo hablar con la gente del barrio, siento algo extraño
en el pecho, como si me estuvieran apretando fuerte para no dejarme hablar.
Salgo a fumar un pucho y termino llorando.
Al rato tengo buena compañía, me abraza y me pregunta qué me
pasa. Le explico como puedo y lo entiende. Me da aliento. ‘Todo lo que haces es
increíble, a mi me gustaría poder ayudar más’. Me hace sentir mejor.
Vemos caer unas primeras gotas, le digo que hace mucho no siento
nada, le explico mi teoría de que hace falta más cariño entre todos. Me abraza
y me lleva debajo de la lluvia. Siento las gotas resbalar por mis mejillas y
lloro y me río a la vez. Lo miro y le digo lo bien que me hace sentir el agua.
Lo mismo que causó el desastre, hoy me recuerda que estoy viva.
Me tranquilizo y entro nuevamente al comedor.
Luego de contarle a otro compañero mi situación, me siento a
tomar unos mates con Angelita. Estoy débil, me cuesta mantenerme parada. Es
increíble pero la mente es más fuerte que uno mismo.
Se acerca una vecina y nos regala una pasta de dientes de
bolsillo. Me emociono y me pongo a llorar otra vez. Parece una tontería, pero
perdieron todo y nos agradecen de esa manera, me conmovió.
Otra vecina, luego de juntar algo de ropa para sus hijos, se
pone a hablar con Angelita (la luz del comedor, el ángel que nos acompaña en
cada paso) y su voz se empieza a quebrar, perdió todo, las lágrimas en sus ojos
se rebalsan. Las mías acompañan. Trato de calmarme, no puedo.
En otra conversación comentan del niño que se le cayó de los
brazos a la madre y murió ahogado. No puedo con esto. Pido perdón y me tomo el
colectivo a la casa de mi mejor amiga.
Lloro sin parar toda la tarde. Logro hacer llorar a mi
querida amiga. Entiende mi llanto. Que no es únicamente de tristeza, si no que
encierra muchos otros sentimientos. Es la impotencia, la bronca, la felicidad,
la emoción, el orgullo y probablemente muchas más cosas, que no se pueden
describir.
Por suerte la noche llega a su fin. Mañana es otro día.
Es domingo 7 de abril, estoy renovada para seguir. Incentivo
a todos para terminar lo que empezaron dos locos hace ya algunos años. Este
proyecto hermoso, con esta gente linda, que día a día buscan mejorar el mundo.
Esta manga de soñadores (que si no lo fuéramos no estaríamos acá hoy).
Un día tranquilo dentro de todo. Estamos cansados todos,
parece como si hubiera pasado un mes. Ya perdemos la noción de los días y
apostamos si es domingo o sábado.
No parece que fuera un día fuera de lo normal (cuando lo
normal es dormir poco y no parar de laburar).
Algunos de los chicos fueron a buscar donaciones.
Necesitamos provisiones, nunca alcanzan. Suena el teléfono.
‘Rami consiguió 150 colchones, se los pidió a la presidente’.
Nos miramos, nos reímos, pensamos lo ridículo que suena eso y no lo creemos.
‘Es en serio, están viniendo dos camiones llenos’, pensamos
que es chiste. Pero llega Rami y cuenta la historia, breve historia (que
probablemente en este relato la modifiqué porque uno recuerda lo que es capaz
de asimilar).
Resulta que fue a pedir donaciones a Cáritas y de esas
causalidades de la vida (porque las casualidades no existen) se cruzó a
Cristina. No sé cómo hizo para reaccionar como lo hizo, pero lo hizo al fin y
al cabo. Le dijo flaca necesitamos colchones (dudosamente le haya dicho flaca,
sólo que suelo contar las historias así) y ella, simplemente le respondió con
quién tenía que hablar. De repente tiene un número de teléfono en su mano, un
celular en la otra y un pedido en marcha.
De repente, vuelve al comedor, y allí estamos, ansiosos, a
la espera de 150 colchones. Para 150 personas (probablemente no sea nada, o sea
todo).
150 personas durmieron en su propio colchón esta noche. Esta
noche logré dormir en paz (o algo así).
No quiero contar los días siguientes, fueron lindos y
tristes, de mucho más laburo. Básicamente decidimos organizarnos mejor, hicimos
relevamientos y, en base a nuestra opinión, distribuimos lo que teníamos a
quienes más lo necesitaban. Cada noche soñé con inundaciones, con canciones,
con planes de acción, ni en sueños descansaba realmente (y seguro a muchos le
pasó). Voy a hacer hincapié en sólo un día más (y elegí éste como el último
porque logré presenciarlo y lo disfruté).
Es domingo 14 de abril. Pasó una semana más, eterna semana.
Decidimos, con mis compañeros, tomarnos el día libre. Cuesta
despegarse del barrio, pero también cuesta seguir.
Me encuentro en el bosque, con un amigo y compañero (que
lindas suenan esas palabras), tomando unos mates. Hablando de política (como
siempre suelo hacer). Me avisan sobre un acto que se realiza en la facultad, en
mi querida facultad.
Decidimos acercarnos a averiguar por qué.
Como sospechábamos, es el acto de cierre de la jornada de
voluntarios que vinieron de muchas ciudades diferentes. Increíble, siempre veo
que el peronismo reúne mucha gente.
Nos quedamos a un costado, escuchando el discurso que
alguien, que no distingo porque estoy bastante lejos, esta leyendo.
Agradecimientos a todas las provincias, gritos de fervor.
Agradecimiento a los militares que tanto ayudaron en esta jornada. Silencio. Y
un cantito se escucha por el fondo: “Borom bom bom, los militares son de
Perón”. Me quedo helada por un momento. Busco la mirada de mi compañero ¿Habré
escuchado bien?
Él me mira y comprendo que así fue. Más voces se suman.
Sorpresa.
Siguen los agradecimientos y luego, un minuto de silencio
para aquellos que perdieron la vida (que aún tenemos dudas del verdadero
número).
Muchas manos se alzan formando con los dedos una V. Viva,
viva la solidaridad, viva la unión del pueblo por una causa mayor, vivan
siempre en nuestra memoria aquellos que ya no nos acompañan más.
Escalofríos.
Y luego, unas trompetas suenan. La marcha de San Lorenzo,
seguida por la canción a las Islas Malvinas (que tristemente nunca aprendí), el
Himno Nacional y el Himno Popular (las canciones que canto hasta en sueños
todavía).
Me deja sin habla todo lo sucedido.
Sé que no todos los días vamos a vivir algo así.
Sólo por eso digo Viva.
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