Ante la crisis sos o no sos. Sos todo o no sos nada. Sos el
que mira, sos el que sufre, sos el que ayuda o sos el que niega. Pero sos. Y a
mi me toco ser un poco de lo que soy y un poco de lo que no. Fui periodista,
psicóloga, cocinera, organizadora, despachante, relevadora o simplemente una
ciudadana con conciencia social y ganas de ayudar.
La casa de la familia Perez fue la última casa que relevamos
ayer. Una vecina nos avisó que estaban necesitando muchas cosas así que
decidimos acercarnos lo antes posible.
La vereda frontal es un terreno baldío. Entre la calle y esa
cuadra pasa un pequeño arroyo, que tengo mis dudas de dónde proviene. Un niño
está jugando dentro. A su alrededor hay basura esparcida, mosquitos que no
dejan respirar y un aire viciado (una mezcla entre el humo con olor a plástico
quemado y el basural que se formó luego de la inundación). Desde dentro de la
casa llaman al niño, que mira de reojo y sale corriendo.
Nos acercamos y una pequeña niña nos pregunta algo, no
presto mucha atención a ella. Estoy impactada con lo que veo. Cuatro niños
jugando, todos manchados, rodeados de papeles sucios y porquería. Mi compañera
le responde y la nena entra gritando a la casa.
Allí aparece Marilin, le cuesta caminar. Hoy le dieron el
alta del hospital: tuvo un accidente en moto con la hermana gemela y como
estaba embarazada le tuvieron que practicar una cesárea de urgencia. Nos invita
a pasar y se disculpa por no poder ofrecernos una mesa en la que podamos apoyar
nuestras cosas.
Mientras nos acomodamos para tomarle los datos y charlar un
poco con esta vecina del barrio San Carlos, sigo observando todo. La casa esta
completamente sucia, todavía tiene marcas de humedad y las puertas son simples
cortinas. Constanza, a quién cariñosamente llamamos Tan, se encarga anotar a
todos los miembros de la casa. Entretanto yo charlo con su hermana mientras
miramos pasión de sábado en la televisión que pudieron salvar.
Me siento cómoda y le pregunto algunas cuestiones sobre el
temporal, sobre su familia y sobre ella. Le cuento algunas cosas sobre mí para
que ella gane la misma confianza. Tan le pregunta a Marilin sobre su hermano.
En ese momento se corre una cortina y un joven de 22 años grita que no le de
sus datos, no quiere saber nada.
De camino al comedor Virgen de Luján, que ofició de unidad
básica estos días, Tan me mira y me dice “me asusté”. Me río y le digo que yo
también un poco, pero luego seguimos caminando por esas calles que ya son tan
nuestras. Una vecina nos sonríe mientras pasamos cerca de su casa, otra nos
saluda desde lejos. Dos jovencitas nos gritan para que les prestemos atención.
Preparamos el pedido para la familia que consta de nueve
personas. Un colchón, dos bolsas de mercadería, dos bidones de agua, ropa de
bebé y pañales de todos los tamaños. Bel se ofrece a acompañarnos. Me cargo una
bolsa de consorcio al hombro, Bel agarra los bidones y Tan se encarga del
colchón y algo de ropa. Y vamos de inmediato a esa casa, que me causa un poco
de tristeza.
Luego de la entrega nos marchamos, un poco satisfechas, no
sé por qué, no es mucho lo que hicimos (¿o sí? No lo sé). Pero antes de llegar
a la esquina escuchamos un grito. Volvemos. El hermano nos está llamando, el
mismo que antes no quiso que le tomemos los datos. Se encuentra sentado con su
mujer, quién le lleva 21 años, y su bebé de apenas 3 meses.
Nos pide un favor. Que llamemos a su madre, quién se
encuentra trabajando. No entendemos. Nos explica que sus hermanas la llamaron
para decirle que él nos echó y que por su culpa no les íbamos a dar nada. Se
nota el miedo en su cara, de ser así lo echan de la casa y no tiene dónde ir.
Nos invade una sensación extraña y aceptamos hacerle el favor. Mientras su
mujer escupe que lo único que falta es que los echen por algo así. Mucha
tensión. Nos vamos.
De camino me quedo pensando, cada casa es un mundo. Decido
llamar yo a la madre.
Me atiende una señora mayor, o eso parece por su tono de
voz, pregunto por Rene. Le parece extraño que Jimena la esté llamando, no
conoce ninguna Jimena.
Me presento: “Mi nombre es Jimena Soliani, soy voluntaria en
una agrupación que se llama Jóvenes en Interacción, hace un rato les tomamos
los datos a tus hijas y les entregamos algo de mercadería. En realidad no te
llamo para contarte eso, te llamo porque me lo pidió tu hijo”. Se hace un
silencio.
Sigo hablando. “Él me explicó que las hermanas te habían
llamado y me pidió que te llamara para decirte que sí habíamos vuelto. Yo no
quiero meterme en sus asuntos familiares (me disculpo de ante mano porque no sé
como puede tomar mi llamado), sólo le estoy haciendo un favor a su hijo”.
Silencio otra vez, no sé si se cortó la llamada o si está enojada o qué.
Me agradece todo lo que estamos haciendo, se larga a llorar
y me explica que esta preocupada por sus hijos. Paso de ser la persona que les
donó algo a su psicóloga personal. Entiendo que esta agobiada y la escucho con
paciencia. Todos necesitamos que nos escuchen. Hablamos un rato, que sirvió
para que se pudiera descargar un poco.
Me contó desde su trabajo hasta sus ambiciones. Me agradeció.
Me comentó su postura política y que los únicos que la habían ayudado hasta
ahora habían sido de La Cámpora. Me
contó su rabia hacia la señora de su hijo. “Ella se cree muy importante porque
es la hija de un comisario, tiene 50 años y lo único que hace es dominar a mi
hijo”.
Le digo que la entiendo, aunque dudo entenderla. Me imagino
lo que puede sentir. Se larga a llorar nuevamente y me pide que nos conozcamos
y hablemos, que ella necesita ayuda porque está sola.
Le prometo volver el lunes y hablar. Ahora soy una amiga con
la que puede charlar.
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