Él
Todo pasó muy rápido y ahora estamos aquí, a su lado. Veo como respira, si es que eso puede considerarse así. Las máquinas rodean su débil cuerpo. Su cara está más blanca que de costumbre y el rosado de sus mejillas desapareció. Me duele verla así. Fue mi culpa.
Juana siempre fue una persona con mucha vida. Atolondrada, sí, pero alegre. Nos peleábamos mucho, pero también nos amábamos.
Nuestra historia es larga, seis años parece mucho.
Sin embargo, hacía ya casi ocho meses que no la veía.
Hace tres días me llamó por teléfono. Me dijo que necesitaba hablar conmigo, que yo era el único que la iba a entender. Al principio no me pareció buena idea, pero accedí, como cada vez que me pide algo. Todavía no aprendí a decirle que no.
Se ofreció a viajar ella. Vivimos a tan solo una hora de distancia. Probablemente su boleto rezaba La Plata - Quilmes y estaba sentada al lado de una vieja charlatana, siempre le pasaba eso. Pero no lo sé con certeza.
Debía llegar ayer a las cuatro de la tarde, que es cuando salgo del trabajo. Pero eran las cinco y todavía no sabía nada de ella. Comencé a llamarla preocupado pero no respondía. Llamé a su casa pero nadie sabía nada. Un escalofrío me recorrió la espalda. Seguí llamando a su celular al menos por dos horas más, hasta que alguien respondió.
- Hola ¿Quién habla? - dijo una voz masculina del otro lado del auricular. Por alguna razón me molestó, aún así respondí.
- Mi nombre es Tomas ¿Quién sos?
- Soy el doctor Juarez ¿Usted es pariente de la dueña del teléfono?
- No, soy su... - ¿Qué soy? - su mejor amigo ¿Qué pasó? ¿Ella está bien? ¿Dónde está? - Mi voz sonaba más desesperada con cada pregunta.
- Tranquilo por favor. La señorita Vitucci tuvo un accidente mientras viajaba en el TALP, otro colectivo lo chocó y algunos pasajeros salieron heridos. Ella fue una de los peores. Al parecer iba sentada justo donde impactó el otro vehículo. Ahora está en terapia intensiva, la operamos de urgencia. Es necesario que si usted puede le comunique a los padres.
- Esta bien - No podía creer lo que estaba escuchando - ¿En qué hospital está?
- En el San Martín, de La Plata. Terapia intensiva, cama 25.
- Gracias doctor.
La llamada había terminado pero yo no terminaba de entender. ¿Cómo pasó? ¿Por qué a ella? Si hubiera viajado yo nada de esto hubiera pasado.
Junté valor y llamé a su madre, quién como siempre me atendió encantada. Luego de contarle todo me subí al auto y viaje a verla.
Al llegar al hospital, María, su madre, ya estaba allí. La saludé con cariño, la escuché llorar un rato y le dije algunas palabras de aliento. Luego pedí verla.
A pesar de que conocía bien los hospitales, ya que trabajé en uno, no podía dejar de sentirme angustiado en ese ambiente. Los médicos apurados, la gente enferma, el olor a medicina y ella tendida en una cama.
Era hermosa, nunca la había visto con el pelo corto y dormía como un ángel. Solo una cosa rompía su esencia: aquella venda en la cabeza y su labio cortado. Secuelas de un mal recuerdo. Fuera de eso, era hermosa.
Sentí el impulso de abrazarla, se veía tan vulnerable. Le prometí no abandonarla, pero no reaccionaba. Pasé con ella las siguientes horas. Me dormí mientras apretaba con fuerza su mano.
Hoy, cuando desperté seguía todo igual. Llamé al laburo para avisar que no iba y esperé. Alguna señal de salud, algo que me diera esperanza.
Y vuelvo al principio. Estoy con su madre, la miramos dormir. Cada tanto nos miramos y nos consolamos con una sonrisa. Intentamos convencernos de que solo está descansando.
El médico se acerca a nosotros y nos cuenta la situación.
- Tengo buenas y malas noticias. Su salud es muy buena, se está recuperando rápido. Es una persona fuerte, va a salir adelante. Es posible que en unos días más se despierte, su signos vitales son muy buenos, la operación fue un éxito. Sin embargo, también es posible que una vez que esté consciente no recuerde nada, ni a nadie. Por el golpe tuvo un problema en el lóbulo... - A NADIE, fue lo último que entendí.
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