Cronenberg (parte 2)


2012
Un millón de cosas se le pasaban por la cabeza en ese instante. A penas tenía 18 años y estaba por hacer un viaje que le cambiaría la vida para siempre. Su madre la había preparado para ese momento. No temía lo que iba a encontrar, o tal vez un poco.
Liana abrazó con fuerza a Juana y le pidió que la mantuviera al tanto. Estaba asustada por lo que podría pasar y a la vez orgullosa del valor que tenía su hija. Era su vivo reflejo, el mismo espíritu aventurero. La misma independencia.
Juana la observó unos instantes. Por un minuto pensó lo increíble que era, y se preguntó cómo había afrontado semejante lucha tantos años. Sabía la respuesta, sabía que la resistencia de su madre había sido por y para ella.
Se acercó a la puerta de embarque y se dijo a sí misma que pasara lo que pasara durante aquellas dos semanas, sería fuerte, no sólo por ella sino por su madre.
Las seis horas de viaje fueron eternas. Las ansias la consumían. Pero una vez en tierra no se atrevía a bajar. Aunque ya estaba allí, debía cumplir la meta de aquel viaje: conocer a su padre.
De pronto vio por el vidrio y logró identificar a su familia. Que extraño sonaba, aquellas personas eran su familia. Los saludó con una sonrisa y luego de recoger su equipaje se acercó a ellos. Los besos, los abrazos, las fotos y los halagos comenzaron a aparecer. Juana estaba en estado de shock, a penas podía articular dos palabras seguidas.
Los primeros días fueron difíciles. Constantemente extrañaba su casa, a su madre, a su hermana, a su verdadera familia. Quería regresar lo antes posible. Quería llorar constantemente y volver como si nada hubiera pasado. Pero nada era tan fácil, le había costado llegar allí y sabía que sería difícil alejarse nuevamente.
Pasaba muchas horas junto a su padre. Los primeros dos días fueron complicados, no lograban llevarse bien. Ella era muy Argentina, y ellos muy conservadores. Ella era intolerante, directa y orgullosa. Y Werner igual. Definitivamente, eso era herencia paterna.
El cuarto día fue el peor de todos. Werner, su hermana, Juana y sus primas fueron a cenar. La noche transcurrió bien, Juana había aprendido a ignorar los comentarios racistas de su padre por lo que no hubo ninguna pelea. Hasta la hora de pedir la cuenta.
Werner llamó al mozo aplaudiendo, y aunque para ellos parecía ser normal, a Juana le pareció grosero y se lo remarcó. Debido a ese llamado de atención se creó un ambiente tenso, en el cual discutieron un rato. Pero como la intención de ella no era terminar mal la noche, le dio la razón y simplemente se calló.
Su padre, inconforme siguió discutiendo con ella pero al notar que ya no lo escuchaba se puso a hablar con su hermana. Un comentario revolvió el estómago de Juana. “Eso es porque nunca tuvo un padre”. Las palabras resonaban en su cabeza una y otra vez.
Con delicadeza, pidió permiso y se levantó. Luego lo miró y le dijo “Sos un desubicado, y sí tuve un padre, fue mi abuelo porque vos no estuviste”. Se dirigió al baño y en media hora lloró lo que había retenido toda una vida.
Luego de discusiones, de peleas, de insultos y de disculpas, Juana decidió hacer borrón y cuenta nueva. Todavía restaba una semana y media, y si no podía disfrutarlo sería eterno.
Los días siguientes fueron tranquilos, su padre tenía cada tanto ataques de sinceridad y le decía todo lo que pensaba de ella y de su madre. De a ratos era su hija preferida y luego era la rebelde que no hacía caso.  Pero con paciencia logró llevar el viaje.
Un intervalo solucionó todo. Junto a una de sus primas y el novio se fueron al Salar de Uyuni. Un desierto de sal alucinante, que disfrutó a cada instante. Y le devolvió las fuerzas que necesitaba para terminar aquel viaje.
A medida que se acercaba el fin de sus vacaciones, la relación con su padre avanzaba y retrocedía constantemente. Él le dejó en claro que no se haría cargo de ella pero que la amaba. Y ella entendía que no podía pretender más. Su padre estaba enfermo. La droga había consumido su vida durante 24 años, ya nada podía hacer para cambiarlo.
Una tarde, cuando salieron a pasear y ella se quedó en su camioneta esperándolo, revisó todo lo que estuvo a su alcance. Y atrás de unos papeles, encontró lo que buscaba. Un pequeño frasco que contenía un polvo blanco. No tenía la inocencia suficiente como para creer que era azúcar impalpable y llegó a una sola conclusión.
Luego de ese día decidió tomar distancia. Disfrutar los últimos días en la ciudad fue su única meta. Y así lo hizo.
El 3 de agosto, cuando estaba subiendo al avión de regreso a casa, se preguntó a sí misma qué pasó en el viaje. La respuesta fue la más difícil que tuvo que formular en su vida. El viaje marcó un antes y un después. Su fuerza, de la que tanto había hablado, no existía. Sentía que el mundo se le desmoronaba y que debía comenzar a construir todo de cero. Porque la chica que se había ido de Argentina hacía dos semanas, no era la misma que volvía.

1 comentario:

Magui dijo...

Ya te lo dije, es impresionante lo buen escritora que sos. Lográs transmitir todas esas sensaciones y eso es lo más importante.
Seguí así, cultivando esa cabeza y esa hermosa imaginación que tenés. Y nunca, bajo ningún punto, abandones la escritura porque es algo que te sale hermoso.
Ya sos una hermana para mí y me encanta la amistad que formamos, te quiero con el alma enana.